— ¡Pronto, el parte de observaciones! ¡Calculemos las isogravimétricas!
La nave volvió a balancearse. Algo, monstruosamente grande, pasó por la pantalla con celeridad vertiginosa, quedó atrás al instante y desapareció.
— Ahí está la respuesta… Hemos contornado un planeta ¡Pronto, pronto, a trabajar! — y la mirada del jefe se detuvo en los contadores del combustible. Aferróse al respaldo del sillón e iba a decir algo, pero se calló.
Capítulo II. LA EPSILON DEL TUCÁN
Un suave tintineo de cristal resonó sobre la mesa, acompañado de unas lucecillas anaranjadas y azul celeste. Multicolores reflejos centellearon en el translúcido tabique.
Dar Veter, director de las estaciones exteriores del Gran Circuito, continuaba observando la luminosa Vía Espiral. Su gigantesco arco se combaba en la altura, reflejándose en curva franja amarilla mate que bordeaba el mar. Sin apartar los ojos de él, Dar Veter alargó la mano y puso la palanquilla en la letra R: las reflexiones no habían terminado.
Aquel día se había producido un gran cambio en la vida de él. Por la mañana, su sucesor, Mven Mas, elegido por el Consejo de Astronáutica, había llegado de la zona habitada del hemisferio austral. La última emisión por el Circuito la realizarían juntos, y luego…
Precisamente aquel «luego» no estaba resuelto aún. Durante seis años, había llevado a cabo un trabajo que requería una tensión extrema y para el que se elegía a personas de relevantes facultades, excelente memoria y conocimientos enciclopédicos. Cuando, con maligna tenacidad, empezaron a repetírsele los accesos de indiferencia hacia el trabajo y la vida — la más grave de las enfermedades humanas —, le reconoció la célebre psiquiatra Evda Nal. El viejo y probado remedio — música de tristes acordes en la sala de los sueños azules, penetrada de ondas calmantes — no dio resultado alguno.
Sólo quedaba cambiar de actividades y someterle a una cura de trabajo manual, allí donde todavía fuese necesario el cotidiano esfuerzo de los músculos. Su buena amiga, la historiadora Veda Kong, le había propuesto la víspera que fuese a trabajar con ella de excavador. En las excavaciones arqueológicas, las máquinas no podían hacerlo todo, y la última labor la realizaban manos humanas. Aunque no había falta de voluntarios, Veda le prometió un largo viaje a la región de las antiguas estepas, en el seno de la naturaleza.