— ¡No, Veda! ¿A qué correr un riesgo estúpido?
— Me parece que la cueva está a punto de derrumbarse. Si nos vamos, no podremos volver más… ¿No oye usted?
Un ruido confuso y lejano llegaba de vez en cuando hasta el recinto, resonando ya arriba, ya abajo.
Pero Miiko, de espaldas a la puerta, muy abiertos los brazos, permanecía inflexible, cerrando el paso.
— Si ahí hay armas, Veda, ¡tiene que haber por fuerza un dispositivo de defensa!..
Dos días más tarde fueron llevados a la cueva unos aparatos portátiles: una pantalla reflectora Roentgen para la radioscopia del mecanismo y un emisor de radiaciones enfocadas ultrafrecuentes para destruir las conexiones interiores de las piezas. Mas no hubo ocasión de utilizarlos.
Inopinadamente, un rumor entrecortado se oyó en las entrañas de la cueva. El suelo empezó a temblar fuertemente, bajo los pies, obligando a los exploradores — que estaban en la tercera cueva, la inferior — a lanzarse instintivamente hacia la salida.
El ruido aquél iba en aumento convirtiéndose en seco rechinar. Por lo visto, toda la masa de agrietadas rocas cedía siguiendo una falla a lo largo de la falda de la montaña.
— ¡Todo está perdido! Hemos llegado tarde. ¡Sálvense! ¡Arriba! — gritó Veda con amargura, y la gente se abalanzó hacia las carretillas automáticas.
Aferrándose a los cables de las carretillas, todos empezaron a trepar por el pozo. El ruido sordo y el temblor de las paredes de piedra los perseguían, pisándoles los talones, y acabaron por darles alcance. Resonó un trueno espantoso… La pared interior de la segunda cueva se derrumbó en la brecha que se había abierto en el lugar del pozo de entrada a la tercera sala. La ola de aire arrastró a la gente, en unión del polvo y de la grava, hasta las altas bóvedas de la primera sala. Los arqueólogos se pegaron al terreno, en espera de la muerte.