Poco a poco, las nubes de polvo se fueron disipando. Las estalagmitas y concreciones que se veían a través de aquella niebla conservaban sus anteriores contornos. Un silencio sepulcral reinaba de nuevo en el subterráneo…
Al recobrar el conocimiento, Veda se levantó. Dos de sus colaboradores se apresuraron a sostenerla, pero ella se desprendió de sus manos con impaciencia.
— ¿Dónde está Miiko?
Su ayudante, apoyada contra una baja estalagmita, se limpiaba cuidadosamente el polvillo del cuello, de las orejas y de los cabellos.
— Casi todo se ha perdido — dijo en respuesta a la muda pregunta de Veda —. La infranqueable puerta continuará cerrada bajo una capa de cuatrocientos metros de piedra.
La tercera cueva ha quedado completamente destruida, y la segunda… en ella aún se pueden hacer excavaciones. Encierra, como ésta, lo más preciado para nosotros.
— Así es… — asintió Veda, humedeciéndose los resecos labios —. Pero nosotros somos culpables por nuestra lentitud y cautela. Debíamos haber previsto el derrumbamiento.
— Hubiera sido un presentimiento gratuito. Pero no hay que apurarse. ¿Acaso habríamos apuntalado estas montañas sólo por el gusto de conocer, tras la puerta, unos valores dudosos? Sobre todo si allí había armas inútiles…
— ¿Y si eran obras de arte, valiosísimas creaciones del genio humano? Sí, ¡debíamos haber actuado más de prisa!
Miiko se encogió de hombros y condujo a la apenada Veda en pos de sus compañeros, hacia el magnífico día de sol y el gozo del agua limpia y de la ducha eléctrica aliviadora de los dolores.