— No hace falta. El contraste entre el vestido moderno y las trenzas, más largas que la falda, es encantador. ¡Déjalas!
— ¡Me someto, Veter mío! — susurró ella las mágicas palabras que hacían latir con fuerza el corazón de él.
Centenares de personas se dirigían sin prisa hacia la astronave. Muchos sonreían a Veda o la saludaban, alzando la mano, con bastante más frecuencia que a Dar Veter o a Ren Boz.
— Es usted muy popular, Veda — comentó Ren Boz —. ¿A qué se debe: a su labor de historiadora o a su tan ponderada belleza?
— Ni a lo uno ni a lo otro. Al continuo y amplio contacto con la gente, debido a mi trabajo y actividades sociales. Usted y Veter unas veces están encerrados en el laboratorio; otras, se aíslan en su intensa labor nocturna. Ustedes hacen para la humanidad algo mucho más grande e importante que lo que yo hago, pero en un solo dominio, que no es el más cercano al corazón. Chara Nandi y Evda Nal son bastante más conocidas que yo…
— ¿Un nuevo reproche a nuestra civilización técnica? — le replicó en broma Dar Veter.
— No a la nuestra, sino a los vestigios de fatales errores pasados. Hace milenios, nuestros remotos antecesores sabían ya que el arte, con el desarrollo de los sentimientos que lleva aparejado, es tan importante para la sociedad como la ciencia.
— ¿En el sentido de las relaciones entre las gentes? — inquirió, interesado, el físico.
— ¡Exacto!
— Un sabio antiguo dijo que lo más difícil en la Tierra es conservar la alegría — terció Dar Veter —. ¡Ahí tienen otro fiel aliado de Veda!