Hacia ellos se acercaba derecho, a grandes pasos leves, Mven Mas, atrayendo con su corpulencia la atención general.

— Ha terminado la danza de Chara — dedujo Veda —. Pronto aparecerá también la tripulación del Cisne.

— En su lugar, yo vendría a pie y lo más despacio posible — dijo de pronto Dar Veter.

Veda la tomó del brazo:

— ¿Empiezas a emocionarte?

— Naturalmente. Me atormenta pensar que se van para siempre y que tampoco volveré a ver más esa nave. Algo se subleva en mi interior contra esta fatalidad inevitable. Tal vez ello se deba a que se lleva a amigos queridos.

— Seguramente no es por eso — manifestó Mven Mas, cuyo fino oído había captado desde lejos las palabras de Dar Veter —. Es la protesta natural del hombre contra la inexorabilidad del tiempo.

— ¿Tristezas de otoño? — preguntó Ren Boz con un dejo de ironía, sonriendo a su compañero con los ojos.

— ¿Ha notado usted que el otoño de las latitudes templadas, con su melancolía, agrada precisamente a las personas más enérgicas, llenas de vida y alegría y profundamente sensibles? — replicó Mven Mas, dando al físico unas cariñosas palmadas en el hombro.

— ¡Exacta observación! — exclamó Veda con entusiasmo.