— Es muy antigua…

— ¡Dar Veter! ¿está usted en el campo? ¡Dar Veter! ¿está usted en el campo? — resonó una voz que venía de la izquierda y de arriba —. Yuni Ant le llama al televisófono del edificio central. Yuni Ant le llama… al televisófono del edificio central…

Ren Boz se estremeció e irguió el cuerpo.

— ¿Puedo ir con usted, Dar Veter?

— Vaya en mi lugar. Usted puede faltar al acto del despegue. A Yuni Ant le gusta mostrar, a la manera antigua, sus observaciones directas en vez de las grabaciones. En esto coincide con Mven Mas.

El cosmopuerto estaba dotado de un potente televisófono y de una gran pantalla hemisférica. Ren Boz entró en la estancia, redonda y en silencio. El operario de guardia movió, con un chasquido, la palanquilla del conmutador y señaló a la pantalla lateral de la derecha, donde había aparecido Yuni Ant lleno de agitación. Éste examinó atentamente al físico y, comprendiendo la causa de la ausencia de Dar Veter, saludó a Ren Boz con una inclinación de cabeza.

— Estamos efectuando, fuera de programa, la escucha-búsqueda en la anterior dirección y con bandas de onda 62/77. Alce el embudo de la emisión dirigida y oriéntelo hacia el Observatorio. Voy a lanzar el rayo-vector, a través del Mediterráneo, directamente sobre El Homra — Yuni Ant miró a un lado y añadió —: ¡Pronto!

Ren Boz, experto en manipulaciones de recepción, hizo en dos minutos lo que le pedían. En el fondo de la pantalla hemisférica surgió la imagen de una gigantesca Galaxia. Los dos hombres de ciencia reconocieron, sin ningún género de dudas, la Nebulosa de Andrómeda o M-31, conocida desde tiempos remotos.

En su espira exterior más próxima al espectador, casi en el centro del disco lentiforme — en perspectiva — de la inmensa Galaxia, encendióse una lucecilla. De allí partía un sistema estelar que parecía un minúsculo hilillo de lana y era sin duda una rama colosal de cien parsecs de longitud. La lucecilla empezó a aumentar de tamaño al mismo tiempo que el «hilillo», mientras la Galaxia desaparecía, desvaneciéndose fuera del campo visual.

Un torrente de estrellas rojas y amarillas se expandió por la pantalla. La lucecilla se convirtió en un pequeño círculo luminoso que brillaba en el más lejano extremo de la corriente estelar. De ésta se separó una estrella anaranjada, de la clase espectral K, en torno a la cual empezaron a girar los puntos apenas perceptibles de sus planetas. El circulillo luminoso cubrió por completo uno de ellos. Y de pronto, todo aquello comenzó a girar en un torbellino rojo, de líneas sinuosas, del que saltaban chispas. Ren Boz cerró los ojos…