— ¡La astronave recibe la señal de partida! — resonó de pronto una voz metálica, con tal fuerza, que Chara, estremecida, apretóse contra Mven Mas —. Los que queden dentro del círculo, ¡que alcen las manos! ¡Alcen las manos o perecerán!.. — gritaba el robot, mientras sus proyectores palpaban el campo buscando a quienes hubieran podido quedar casualmente en la zona peligrosa.
Al no encontrar a ninguno se apagaron. El autómata gritó de nuevo, con más furia, según le pareció a Chara:
— Después del toque de campanas, vuélvanse de espaldas a la astronave y cierren los ojos. No los abran hasta el segundo toque. ¡Vuélvanse de espaldas y cierren los ojos! — rugió el robot en tono de amenaza y alarma.
— ¡Es espantoso! — murmuró Veda.
Dar Veter sacó tranquilamente del cinturón dos antifaces con gafas negras; los desplegó, le puso uno a Veda y empezó a ponerse el otro. Apenas hubo cerrado el broche de la correílla, resonó una tremenda campanada, de agudo tono.
Su sonido se interrumpió, y en el silencio oyóse el indiferente chirrido de las cigarras.
De súbito, la astronave comenzó a aullar furiosamente y apagó sus luces. Aquel alarido desgarrador se repitió dos, tres, cuatro veces… Y a la gente más impresionable se le antojó que la propia nave gritaba en el dolor de la despedida.
El alarido aquel cesó tan inesperadamente como había empezado. Un cerco de llamas, de un fulgor inimaginable, se alzó en torno del Cisne. Y por un instante no existió en el mundo más que aquel fuego cósmico. La ígnea torre se elevó alargándose en alta columna para convertirse luego en una línea de cegador brillo. La campana tocó por segunda vez, y la gente, al volverse, sólo vio la llanura desierta en la que rojeaba la inmensa mancha del candente terreno. Una gran estrella titilaba en la altura: era el Cisne, que se alejaba sin cesar.
La multitud se dirigía lenta hacia los electrobuses, mirando ya al cielo, ya al lugar del despegue, que había tomado de pronto un aspecto muerto, como si hubiera renacido allí la hammada de El Homra, espanto e infortunio de los caminantes de antaño.
En la parte Sur del horizonte encendiéronse las conocidas estrellas. Todas las miradas se tornaron hacia donde se alzaba, azul y rutilante, Achernar. El Cisne llegaría a ella después de ochenta y cuatro años de viaje a una velocidad de novecientos millones de kilómetros por hora. Ochenta y cuatro años, para nosotros; para el Cisne, cuarenta y siete. Tal vez fundaran allí un mundo nuevo, tan bello y jubiloso como el nuestro, bajo los verdes rayos de la estrella de circonio.