El ascensor se había llevado ya ocho astronautas, que desaparecieron en la ovalada escotilla. Erg Noor tomó a Niza de la mano y le susurró algo al oído. La muchacha enrojeció y, desprendiéndose de él, se lanzó hacia la astronave.
Los dos subieron juntos.
La gente quedó inmóvil cuando, ante la negra boca de la escotilla, en un saliente claramente iluminado del Cisne, se detuvieron un instante dos siluetas — una, masculina, de gran talla; la otra, de muchacha, esbelta y armoniosa —, respondiendo a los últimos saludos de la Tierra.
Veda Kong se apretó las manos, y Dar Veter oyó el crujido de sus dedos.
Erg Noor y Niza desaparecieron. De las negras fauces de la escotilla avanzó una plancha ovalada del mismo color gris que todo el casco. Un segundo más, y ni el ojo más experto podría advertir la menor huella de abertura en los abombados flancos del colosal casco de la nave.
La astronave, erguida sobre sus separados soportes, tenía algo de figura humana. Tal vez aquella impresión la diera la esfera de la proa, con su afilado capirote y sus faros de señales que brillaban como ojos de persona. O los alabes de la parte central, semejantes a las hombreras de la armadura de un caballero. La astronave se alzaba sobre sus soportes, parecida a un gigante que, afianzado sobre las abiertas piernas, mirase con desprecio y presunción al gentío que se extendía a sus plantas.
Bramaron amenazadoras las sirenas dando el primer aviso. Como por arte de magia, surgieron junto a la nave unas anchas plataformas de autotracción que se llevaron a multitud de personas. Deslizándose, retrocedieron los trípodes de los televisófonos y los proyectores sin apartar del Cisne sus cuencas y rayos. El casco gris del navío cósmico se oscureció y pareció perder sus enormes dimensiones. En su «cabeza» se encendieron siniestras unas luces rojas, señales de preparación para el despegue. La vibración de los potentes motores repercutió en el firme terreno: la nave viraba sobre sus soportes, orientándose para la arrancada. Las plataformas, cargadas de gente, se fueron alejando cada vez más, batidas por el viento, hasta que cruzaron la línea luminosa de seguridad; una vez allí, los pasajeros saltaron presurosos a tierra, y las plataformas volvieron para recoger a nuevas personas.
— ¿Ellos no volverán a vernos más, ni siquiera nuestro cielo? — preguntó Chara a Mven Mas, inclinado hacia ella.
— No, tal vez con los estereotelescopios…
Bajo la quilla de la astronave encendiéronse unas luces verdes. En la atalaya del edificio central empezó a girar furiosamente el radiofaro, enviando en todas direcciones la advertencia de que el enorme navío cósmico iba a emprender el vuelo.