— Usted siempre me ha comprendido bien, Veda. Mire, ahí viene Niza.

Acercóse la muchacha — enflaquecida, semejante a un chico con sus ondulados cabellos rojizos —, y se detuvo.

— ¡Qué doloroso resulta!.. — dijo, con la vista baja —. Todos vosotros sois… tan buenos, tan radiantes y bellos… y tener que separarse, que desgajarse, viva, de la madre Tierra… — la voz de la astronauta se quebró, trémula.

Veda, instintivamente, la atrajo hacia sí para consolarla con femenina ternura.

— Dentro de nueve minutos cerrarán las escotillas — anunció en un susurro Erg, sin apartar los ojos de Veda.

— ¡Cuánto tiempo aún!.. — exclamó ingenua Niza. Y en su voz se percibían las lágrimas.

Veda, Erg, Dar Veter, Mven Mas y los restantes amigos de los viajeros advirtieron de pronto, con pena y asombro, que no encontraban palabras. No las había para expresar los sentimientos ante aquella hazaña que iba a realizarse para unos seres humanos que no existían aún, para quienes vinieran al mundo muchos años después. Los que se iban y los que se quedaban sabían bien todo aquello, ¿de qué podían servir las palabras?

El segundo sistema de señales del ser humano mostraba su imperfección y cedía su puesto al tercero. Profundas miradas, que reflejaban impulsos apasionados, imposibles de expresar con palabras, se encontraban silenciosas, tensas, o se fijaban en la pobre naturaleza de El Homra, absorbiéndola, bebiéndola con ansia.

— ¡Ya es hora! — restalló la voz metálica de Erg Noor, estremeciendo los nervios en tensión.

Veda, sin ocultar sus sollozos, estrechó entre sus brazos a Niza. Las dos mujeres permanecieron juntas unos segundos, apretadas las mejillas, cerrados los ojos, mientras los hombres cambiaban miradas de adiós y se estrechaban las manos.