Según el reglamento, que databa de los albores de la astronáutica, el jefe de la comisión dio el parte a Erg Noor, reelegido comandante de la astronave y jefe de la expedición a Achernar. Los demás miembros de la comisión marcaron sus iniciales en una placa de bronce, con sus retratos y nombres, que entregaron a Erg Noor, y, tras de despedirse de él, se retiraron. Entonces, la multitud avanzó hacia la nave y se alineó ante los viajeros, dejando a los íntimos de éstos acceso a la pequeña explanada que quedaba libre en el ascensor. Los operadores de cine fijaban cada gesto o ademán, de los que partían: postrer recuerdo de los que abandonaban el planeta natal.

Desde lejos, Erg Noor vio a Veda, y, después de meter bajo su ancho cinturón de astronauta aquel diploma de bronce, avanzó impetuoso hacia la joven mujer.

— ¡Mucho le agradezco que haya venido, Veda!

— ¿Podía faltar acaso?

— Para mí, es usted el símbolo de la Tierra y de mi juventud pasada.

— La juventud de Niza le acompañará siempre.

— No sería sincero si dijese que no lamento nada. Y ante todo, me da lástima de Niza, de mis compañeros, y también de mí mismo… Es demasiado lo que pierdo. En este regreso he aprendido a querer a la Tierra de un modo nuevo, con un amor más fuerte, más sencillo e incondicional…

— Y sin embargo, Erg, se va usted…

— No podía proceder de otra manera. De negarme, habría perdido no sólo el Cosmos, sino la Tierra.

— ¿La hazaña es tanto más difícil cuanto más grande es el amor?