Las líneas rojas aminoraron su girar, la pantalla se apagó y volvió a encenderse de pronto. A la pálida luz, se columbraba apenas una llanura en penumbra. Diseminadas por ella, había unas construcciones extrañas, de forma de hongo. Cerca del límite anterior de la parte visible, brillaba con fríos fulgores un círculo azul gigantesco, en consonancia con la llanura, cuya superficie sin duda era metálica. Exactamente sobre el centro del círculo pendían, uno sobre otro, dos grandes discos biconvexos. No, no pendían, se elevaban lentamente a una altura cada vez mayor. La llanura desapareció y en la pantalla quedó solamente uno de los discos, más convexo por abajo que por arriba, con gruesas espirales en ambas caras.

— ¡Son ellos!.. ¡Ellos mismos!.. — gritaron los dos científicos, a cual más fuerte, al comprobar la semejanza de aquella imagen con las fotografías y diseños del espirodisco hallado por la 37a expedición en el planeta de la estrella de hierro.

Un nuevo torbellino de líneas rojas, y la pantalla se apagó. Ren Boz esperaba, temeroso de apartar de allí, ni un segundo, la mirada… ¡La primera mirada humana que se posaba en la vida y el pensamiento de otra galaxia! Pero la pantalla no volvió a iluminarse. En un panel lateral del televisófono resonó la voz de Yuni Ant:

— La comunicación se ha cortado. No es posible seguir gastando energía terrestre en espera de la continuación. ¡Todo el planeta se conmoverá! Hay que pedir al Consejo de Economía que se duplique la frecuencia de las recepciones fuera de programa; pero esto, después del envío del Cisne, no será posible antes de un año. Ahora sabemos que la astronave de la estrella de hierro procede de allí. Sin el hallazgo de Erg Noor, no habríamos comprendido nada de lo visto.

— ¿Y ese disco vino de allá? ¿Cuánto tiempo estaría volando? — preguntó Ren Boz, como si hablase consigo mismo.

— Después de la muerte de su tripulación, estuvo vagan do cerca de dos millones de años por el espacio que separa a las dos galaxias — repuso severo Yuni Ant — hasta que encontró refugio en el planeta de la estrella T. Por lo visto, estas astronaves están construidas de manera que pueden tomar tierra automáticamente, aunque ningún ser viviente haya tocado sus mandos desde milenios antes. — Tal vez ellos vivan mucho tiempo…

— Pero no millones de años. Eso es contrario a las leyes de la termodinámica — replicó fríamente Yuni Ant —. Además, pese a sus colosales dimensiones, el espirodisco no podía llevar en sus entrañas todo un mundo de personas… de seres pensantes… No, por el momento, nuestras galaxias no pueden llegar la una a la otra ni intercambiar comunicaciones.

— Pero podrán — dijo con firmeza Ren Boz. Y luego de despedirse de Yuni Ant, volvió al campo del cosmopuerto.

Dar Veter y Veda, Chara y Mven Mas permanecían un poco aparte del gentío, alineado en dos largas filas, que había acudido a despedir a los viajeros. Todas las cabezas estaban vueltas hacia el edificio central. Una ancha plataforma con los veintidós tripulantes del Cisne pasó rauda frente a la multitud que agitaba las manos y aclamaba con gritos a los que marchaban, cosa que la gente sólo se permitía hacer en público en casos muy excepcionales.

La plataforma llegó a la astronave. Ante el alto ascensor transportable esperaban unos hombres, enfundados en monos blancos y pálidos de cansancio: eran los veinte miembros de la comisión de partida, compuesta principalmente de ingenieros-obreros del cosmopuerto. Durante las últimas veinticuatro horas habían comprobado, con ayuda de máquinas de control, todo el equipamiento de la expedición, así como el buen estado de la nave, por medio de aparatos tensoriales.