De pronto, sus ojos, de concentrada mirada, se encendieron con fulgores de admiración. Dar Veter volvió la cabeza. Veda Kong, que había entrado sin que nadie lo advirtiera, estaba junto a una transparente columna iluminada. Para intervenir, se había puesto sus mejores galas, las que más embellecían a la mujer, ideadas hacía ya miles de años, en la época de la civilización cretense.
Los espesos cabellos de color ceniza claro, tirantes, recogidos en alto rodete, no entorpecían el cuello, armonioso y fuerte. Los tersos hombros estaban al desnudo, el amplio escote mostraba parte del pecho, ceñido por un corpiño celeste. Y la falda, ancha y corta, con flores azules bordadas sobre una cenefa de plata, dejaba al descubierto las bonitas piernas desnudas, tostadas por el sol, y los pies, breves, calzados con unos zapatitos de color cereza. Unas piedras preciosas de igual color — cabellos de Venus — grandes, engarzadas con intencionado descuido en una cadena de oro, refulgían sobre la fina piel armonizando con el arrebol de emoción que encendía las orejitas y las mejillas.
Mven Mas, que no había visto nunca a la sabia historiadora, la contemplaba extasiado.
Veda alzó los inquietos ojos hacia Dar Veter.
— Muy bien — respondió él a la muda pregunta de su bellísima amiga.
— Yo he hablado muchas veces en público, pero no así — dijo Veda Kong.
— El Consejo es fiel a la tradición. Son siempre las mujeres más bellas las que leen las informaciones para los diferentes planetas. Esto da una idea del sentimiento estético de los habitantes de nuestro mundo. Y en general, revela mucho — siguió diciendo Dar Veter.
— ¡El Consejo no se ha equivocado en su elección! — exclamó Mven Mas.
Veda dirigió al africano una mirada penetrante.
— ¿Es usted soltero? — le preguntó en voz baja. Y al asentir él con la cabeza, se echó a reír.