— ¿No quería usted hablar conmigo? — dijo, volviéndose hacia Dar Veter.

Los dos amigos salieron a la gran terraza anular. Veda ofreció con deleite su rostro a la fresca brisa del mar.

El director de las estaciones exteriores le habló de su decisión de ir a trabajar a las excavaciones, de sus dudas al elegir la 38a expedición astral, los yacimientos submarinos antárticos y la arqueología.

— ¡Oh, no! ¡Todo menos la expedición astral! — exclamó ella. Y Dar Veter se dio cuenta de su falta de tacto. Entregado a sus emociones, había hurgado sin querer en la herida que Veda llevaba en el alma.

La melodía de alarmantes acordes llegó hasta la terraza, sacándole de la embarazosa situación.

— ¡Ya es hora, dentro de treinta minutos hay que conectar con el Circuito! — advirtió Dar Veter, tomando del brazo con delicadeza a Veda Kong. En unión de los demás descendieron por una escalera rodante a un profundo subterráneo de forma cúbica, abierto en la roca.

Por doquier se veían aparatos. Los paneles sin brillo de las negras paredes parecían de ¡terciopelo. Unas franjas de cristal los surcaban, perfilándose netas. Lucecillas doradas, verdes, anaranjadas y azules esclarecían débilmente las escalas graduadas, los signos y las cifras. Las puntas de esmeralda de las saetas se estremecían sobre los semicírculos negros, y era como si todos aquellos anchos muros temblasen en la tensión de la espera.

Había allí varios sillones, una mesa grande de ébano, empotrada en una enorme pantalla hemisférica de nacarados reflejos, con un marco de oro macizo.

Dar Veter, con un ademán, indicó a su sucesor que se acercase y señaló a los demás los altos sillones negros para que se sentaran. Mven Mas se acercó de puntillas, como andaban en otros tiempos sus antepasados por las sabanas, calcinadas por el sol, acechando a las terribles fieras. Emocionado, contenía la respiración. Allí, en aquella rocosa cueva inaccesible, iba a abrirse una ventana a los infinitos espacios del Cosmos y los hombres se unirían con los pensamientos y el saber a sus hermanos de otros mundos.

Ahora, los representantes de la humanidad terrestre ante el Universo eran cinco. Pero a partir del siguiente día, él, Mven Mas, habría de dirigir aquel enlace. Le serían confiadas todas las palancas de aquella grandiosa fuerza. Un leve escalofrío le corrió por la espalda.