Y de nuevo, su esplendorosa belleza dejó maravillados a los observadores terrenos.
Aquella muchacha no tenía las severas facciones, como cinceladas en bronce, de los pieles rojas de la Tierra. Su cara, redonda; la nariz no grande; los enormes ojos azules, muy separados, y la pequeña boca la asemejaban más bien a las mujeres de nuestros pueblos nórdicos. Sus espesos cabellos, negros y ondulados, eran suaves. Todos los rasgos de su rostro y líneas de su cuerpo denotaban una firmeza alegre, natural, dando la sensación de una gran fuerza.
— ¿Será posible que no sepan nada del Gran Circuito? — inquirió Veda Kong, casi sollozando, inclinándose ante su bella hermana del Cosmos.
— En la actualidad, deben ya de saberlo — repuso Dar Veter —. Pues lo que estamos viendo ahora ocurrió hace trescientos años.
— Son ochenta y ocho parsecs de distancia — comentó Mven Mas, con su retumbante voz de bajo —, ochenta y ocho. Todas las personas que hemos visto murieron hace tiempo.
Y como confirmando sus palabras, la visión de aquel mundo maravilloso se esfumó, mientras se apagaba el circulillo verde indicador del enlace. La transmisión por el Gran Circuito había terminado.
Los espectadores permanecieron atónitos unos instantes. El primero en recobrarse fue Dar Veter. Mordiéndose los labios con pena, dio vuelta al pomo grana. Un profundo toque de gong anunció que la columna de energía dirigida había sido desconectada, advirtiendo a los ingenieros de las centrales energéticas que era preciso verter de nuevo en sus canales habituales el poderoso torrente de fluido. Y después de haber hecho con los aparatos todas las operaciones necesarias, el director de las estaciones exteriores se volvió hacia sus compañeros.
Yuni Ant, arqueadas las cejas, pasaba unas hojas llenas de signos.
— ¡Hay que mandar inmediatamente al Instituto del Cielo Austral la parte del mnemograma con la carta estelar representada en el techo! — dijo dirigiéndose al joven ayudante de Dar Veter.