En el alma de Mven Mas había nacido algo que vivía con vida propia y escapaba al control de su voluntad, a los mandatos de la serena razón. El africano aún no había amado nunca; abismado en sus estudios, había vivido casi como un ermitaño sin experimentar nada semejante a la extraña desazón y el singular gozo que le causara la visión de aquel día, a través de los inmensos campos del espacio y del tiempo.
Capítulo III. PRISIONEROS DE LAS TINIEBLAS
En las columnas anaranjadas de los indicadores del anamesón las gruesas agujas negras marcaban «cero». El curso de la astronave continuaba invariable hacia la estrella de hierro, pues la velocidad era todavía grande y el navío cósmico proseguía su marcha incesante en dirección a aquel siniestro cuerpo celeste, invisible al ojo humano.
Erg Noor, con ayuda del astronauta, temblando de la tensión y de la debilidad, se sentó ante la máquina calculadora. Los motores planetarios, desconectados por el piloto-robot, se habían callado.
— Ingrid, ¿qué es una estrella de hierro? — preguntó en voz baja Key Ber, que permanecía inmóvil y en pie, a la espalda de la astrónomo.
— Una estrella invisible de la clase espectral T, apagada, pero que no se ha enfriado aún por completo o no ha empezado a caldearse de nuevo. Emite ondas largas de la parte calorífica del espectro; su luz infrarroja, negra para nosotros, sólo es visible a través del inversor electrónico. Una lechuza, que ve los rayos térmicos infrarrojos, podría percibirla.
— ¿Y por qué se la llama estrella de hierro?
— Porque en su espectro y composición hay una gran cantidad de ese metal. Por ello, cuando la estrella es grande, su masa y su campo gravitatorio son enormes. Me temo que ésta sea precisamente una de ellas…
— ¿Qué ocurrirá ahora?