— No lo sé. Ya ves que no tenemos combustible. Y sin embargo, continuamos volando derechos hacia la estrella. Hay que reducir la velocidad de la Tantra hasta una milésima de la unidad absoluta para poder desviar la nave lo suficiente. Si tampoco alcanza el combustible planetario, seguiremos aproximándonos gradualmente a la estrella, hasta caer… — Ingrid movió nerviosa la cabeza, con brusca sacudida, y Ber acarició cariñoso su brazo desnudo, trémulo.
El jefe de la expedición pasó al cuadro de comando y se abismó en la observación de los aparatos. Todos guardaban silencio, sin atreverse a respirar siquiera; también callaba Niza Krit, que acababa de despertarse y había comprendido instintivamente la gravedad de la situación. El combustible podía bastar tan sólo para aminorar la marcha de la nave, pero a ésta, al perder velocidad, le seria cada vez más difícil liberarse sin motores de la tenaz atracción de la estrella de hierro. Si la Tantra no se hubiera acercado tanto y Lin hubiese caído a tiempo en la cuenta… Mas ¿qué consuelo podían dar ya aquellos vanos razonamientos?
Al cabo de unas tres horas, Erg Noor se decidió al fin. La Tantra trepidó estremecida por el potente golpeteo de los motores iónicos a chorro. Pasaron una hora, dos, tres, cuatro… La marcha de la nave disminuía de continuo. El jefe hizo un movimiento imperceptible. Toda la tripulación sintió una terrible angustia. El espantoso astro castaño desapareció de la pantalla delantera para surgir de nuevo en otra. Las cadenas invisibles de la atracción continuaban tendiéndose hacia la nave y repercutiendo en los aparatos.
Erg Noor tiró bruscamente de las palancas. Los motores se detuvieron.
— ¡Nos hemos liberado! — exclamó Peí Lin, con un suspiro de alivio.
El jefe volvió con lentitud los ojos hacia él:
— ¡No! Sólo nos queda la última reserva de combustible para la revolución orbital y la toma de tierra.
— Entonces, ¿qué hacemos?
— ¡Esperar! He desviado un poco la astronave, pero pasamos demasiado cerca. Tiene lugar una lucha entre la atracción de la estrella y la disminución de la velocidad de la Tantra. Ahora vuela como un lunnik. Si consigue alejarse, marcharemos hacia el Sol.
Claro que el viaje se alargará mucho. Dentro de unos treinta años, podremos mandar la señal de socorro, y ocho años más tarde vendrá la ayuda…