Revolución alrededor de su eje: 20 días, aproximadamente.
Los detectores señalan la presencia de agua y tierra.
Espesor de la atmósfera: 1.700 kilómetros.
Masa específica: 43,2 veces superior a la de la Tierra.
Los datos se sucedían, aclarando cada vez más el carácter del planeta.
Erg Noor iba anotando las cifras recibidas, para calcular el régimen orbital. 43,2 masas terrestres; ello quería decir que el planeta era grande. Su fuerza de atracción aplastaría la nave contra el terreno. Y las personas quedarían reducidas a la condición de moscas pegadas a un papel engomado…
El jefe de la expedición recordó los espantosos relatos — mitad legendarios, mitad ciertos — acerca de las viejas astronaves que, por diversas causas, habían ido a parar a planetas gigantes. En tales casos, los navíos cósmicos de poca velocidad y débil combustible perecían con frecuencia. Rugían los motores y estremecíase convulsa la desdichada nave que, incapaz de escapar, quedaba como pegada a la superficie del planeta. La nave no sufría daño, pero los huesos de sus tripulantes se rompían con terrible crujido, y el inenarrable espanto de aquellos seres humanos se (transmitía en los entrecortados gritos de sus últimos mensajes, en el postrer adiós.
A la tripulación de la Tantra no amenazaba tan triste suerte mientras siguiera girando en torno del planeta. Mas si había que posarse en su superficie, sólo las personas muy robustas podrían arrastrar su propio peso en aquel refugio donde se verían condenados a pasar decenas de años… ¿Podrían sobrevivir en semejantes condiciones, bajo una agobiadora, aplastante pesantez, en la noche eterna del sombrío sol infrarrojo y en una densísima atmósfera? No obstante, a pesar de todo, aquello no era aún la muerte, constituía una esperanza de salvación. Además, ¡no había dónde elegir!
La Tantra iba describiendo su órbita cerca del límite de la atmósfera. Los científicos de a bordo no podían dejar escapar la ocasión de investigar aquel planeta, desconocido hasta entonces, que se encontraba, relativamente, no lejos de la Tierra. Su parte iluminada — mejor dicho, recalentada — distinguíase de la otra no sólo por su temperatura, bastante más alta, sino por las enormes acumulaciones de electricidad que influían grandemente incluso sobre los poderosos detectores, deformando sus indicaciones. Erg Noor decidió estudiar el planeta con ayuda de estaciones-bombas. Fue lanzada una de observación física, y el autómata facilitó una información sorprendente: la presencia de oxígeno libre en una atmósfera neono-azoada y la existencia de vapores de agua y de una temperatura de doce grados sobre cero. Tales condiciones eran, en general, parecidas a las terrestres, únicamente la presión de la espesa capa de la atmósfera era superior en 1,4 veces a la normal de nuestro globo y la fuerza de la gravedad excedía a la de la Tierra en más de dos veces y media.
— ¡Ahí se puede vivir! — dijo el biólogo con una tenue sonrisa, luego de comunicar al jefe los datos de la estación.