— Si nosotros podemos vivir en un planeta tan sombrío y pesado, seguramente vivirán ya algunos seres pequeños y dañinos.
A la quince vuelta de la astronave, prepararon otra estación-bomba, dotada de una potente teleemisora. Mas, lanzada en las sombras, la estación desapareció, sin emitir señal alguna, cuando el planeta había girado ya 120.
— Ha caído en el océano — constató la geólogo Bina Led, mordiéndose los labios con pena.
— Habrá que explorar con el detector principal antes de lanzar un robot-televisor. ¡Sólo tenemos dos!
La Tantra evolucionaba sobre el planeta emitiendo un hacecillo de rayos radiactivos que recorría los vagos contornos deformados de los continentes y los mares. Columbróse una inmensa llanura que se adentraba en el océano o separaba dos mares casi en la línea ecuatorial. Los rayos se deslizaban zigzagueantes sobre una zona de doscientos kilómetros de anchura. De pronto, un punto brillante surgió en la pantalla del detector. Una aguda pitada, que sacudió los tensos nervios de los tripulantes, vino a confirmar que no se trataba de una alucinación.
— ¡Metal! — exclamó la geólogo —. Un yacimiento a cielo abierto.
Erg Noor meneó la cabeza:
— Por rápida que haya sido la aparición, yo he tenido tiempo de observar la nitidez de sus contornos. Eso es un gran trozo de metal, un meteorito o…
— ¡Una nave! — dijeron a un tiempo Niza y el biólogo.
— ¡Fantasías! — atajó al punto Pur Hiss.