— Tengo el propósito de aterrizar. Tal vez nuestros hermanos necesiten ayuda, quizá su nave esté averiada y no puedan emprender el regreso a la Tierra. En ese caso, nosotros los recogeremos, nos aprovisionaremos de anamesón y así saldremos todos del trance. Enviar un cohete de salvamento no tiene objeto. Pues el cohete no podría proveernos de combustible y gastaríamos tanta energía, que luego no tendríamos bastante para lanzar una llamada a la Tierra.
— ¿Y si ellos han tenido que ir a parar ahí por falta de anamesón? — insinuó con tiento Peí Lin.
— En tal caso, deben de quedarles cargas planetarias iónicas. No han podido gastarlas por completo. Ya ven que la astronave se encuentra en posición normal; ello demuestra que han aterrizado con los motores planetarios. Tomaremos combustible iónico y emprenderemos de nuevo el vuelo. Luego, una vez en la posición orbital, llamaremos a la Tierra y esperaremos su socorro. Si nos acompaña la suerte, no tendremos que aguardar más que ocho años. Y si conseguimos anamesón, habremos vencido.
— Quizá su combustible planetario no sea de cargas iónicas, sino fotónicas… — advirtió, dudoso, uno de los ingenieros.
— Entonces, podremos utilizarlo en los motores principales, si permutamos los platillos reflectores de los motores auxiliares.
— Por lo que veo, tiene usted previsto todo — hubo de reconocer el ingeniero.
— Quedará el riesgo del aterrizaje y la estancia en ese inhóspito planeta — rezongó Pur Hiss —. ¡Da espanto hasta pensar en ese mundo tenebroso!
— Quedará el riesgo, desde luego, pero éste existe ya en nuestra situación actual y no creo que lo agravemos. En cuanto al planeta en el que va a tomar tierra nuestra astronave, no es tan malo como parece. ¡Lo que hace falta es que la nave se salve!
Erg Noor miró a la esfera del nivelador de velocidad y acercóse rápidamente al cuadro de comando. El jefe de la expedición permaneció en pie unos instantes ante las palancas, escalas y clavijas. Los dedos de sus grandes manos se movían como los de un músico que arrancase acordes de su instrumento; tenía la espalda levemente encorvada e impasible el rostro.
Niza Krit se acercó a él, le tomó con audacia la mano derecha y la puso sobre su tersa mejilla, ardiente de emoción. Erg Noor inclinó agradecido la cabeza y, luego de acariciar los espléndidos cabellos de la muchacha, se irguió.