— Vamos a las capas inferiores de la atmósfera, ¡a aterrizar! — dijo en voz alta, conectando la sirena para dar la señal.

El bramido se expandió por toda la nave, y los tripulantes corrieron presurosos a sus puestos para incrustarse en los asientos hidráulicos flotantes.

Erg Noor se hundió en el blando abrazo del sillón de aterrizaje que había surgido, por un escotillón, ante el cuadro de comando. Empezaron a resonar tenantes los motores planetarios, y la astronave se precipitó aulladora hacia las rocas y los océanos del desconocido planeta.

Los detectores y los reflectores infrarrojos exploraban las tinieblas allí abajo; unas luces rojas brillaban en el altímetro junto a la cifra dada: 15.000 metros. No era de esperar la existencia de montañas de más de diez kilómetros de altura en aquel planeta, donde las aguas y el calor del sol negro ejercían sobre el terreno su acción niveladora como en la Tierra.

Desde la primera evolución, se advirtieron en la mayor parte del planeta, en vez de montañas, solamente insignificantes elevaciones un poco más altas que las de Marte. Por lo visto, la orogénesis había cesado casi por completo o se había interrumpido.

Erg Noor desplazó en dos mil metros el limitador de altura del vuelo y encendió los potentes proyectores. Un inmenso océano, verdadero mar de espanto, se extendía bajo la astronave. Sus olas, de un color negro intenso, se elevaban para hundirse al punto en las profundidades ignotas.

El biólogo, enjugándose la frente, sudorosa del esfuerzo, procuraba captar el reflejo luminoso de las olas con un aparato supersensible que determinaba el albedo — poder reflector de una superficie esclarecida — a fin de determinar la salinidad o la mineralización de aquel mar tenebroso.

A la negrura brillante de las aguas, sucedió otra negrura mate: empezaba la tierra firme. Los rayos cruzados de los proyectores abrían entre los muros de las tinieblas un estrecho sendero en el que surgían súbitamente diversos colores: tan pronto los manchones amarillentos de los arenales como la superficie verde grisácea de las ondulaciones rocosas.

La Tantra, guiada por una mano experta, volaba rauda sobre el continente…

Por fin, Erg Noor encontró la misma llanura. Era demasiado baja para poder ser calificada de meseta. Pero se veía a las claras que no podrían alcanzarla las posibles mareas y tempestades del mar oscuro, pues se alzaba, sobre unas depresiones del terreno, a una altura de unos cien metros.