El detector delantero de la izquierda dio una pitada. La Tantra enfiló sus proyectores en la dirección indicada. Se distinguía con nitidez la astronave aquella. Era de primera clase.

Su proa, recubierta de cristalino iridio anisótropo, refulgía a la luz de los proyectores como si fuera nueva. No había en sus cercanías construcciones provisionales ni luces. Sombría e inerte, la astronave no daba señal alguna de haber advertido la proximidad de su hermana. Los rayos de los proyectores se deslizaron más lejos y brillaron intensos al reflejarse, como en un espejo azul, en un enorme disco con resaltos en espiral. El disco estaba inclinado de canto y parcialmente hundido en la tierra negra. Por un instante, los observadores creyeron ver que, tras él, asomaban unas rocas y, más allá, la oscuridad se hacía más densa. Aquello debía de ser un precipicio o un pronunciado tajo que se perdía en la profunda depresión del terreno…

Un ensordecedor bramido de la Tantra hizo vibrar todo su casco. Erg Noor quería aterrizar lo más cerca posible de la astronave descubierta y advertía a la gente que pudiera encontrarse allá abajo, en la zona peligrosa: a un millar de metros a la redonda del lugar del aterrizaje. El estruendo de los motores planetarios fue tan grande, que se oyó incluso en el interior de la nave; en las pantallas apareció una nube de partículas incandescentes, elevadas del terreno. El suelo empezó a alzarse bruscamente y a inclinarse hacia atrás. Sin ruido ni oscilación alguna, las charnelas hidráulicas volvieron los asientos de los sillones hasta ponerlos perpendiculares a sus paredes, en posición vertical ahora.

Unos enormes soportes articulados saltaron del fondo del casco y, luego de dilatarse, fueron los primeros en recibir el contacto de la tierra extraña. Una sacudida, un choque, otra sacudida, y la Tantra cabeceó para quedar inmóvil al mismo tiempo que se paraban por completo los motores. Erg Noor alzó la mano hacia el cuadro de comando, que se encontraba sobre su cabeza, y dio vuelta a la manija de recogida de los soportes.

Lentamente, con breves sacudidas, la astronave empezó a posarse de proa hasta tomar su anterior posición horizontal. El aterrizaje había terminado. Como siempre, había producido tan gran conmoción en los tripulantes, que éstos tuvieron que permanecer algún tiempo reclinados en sus sillones antes de recobrarse de ella.

Un terrible peso oprimía a todos. Como después de una grave enfermedad, apenas podían incorporarse. Sin embargo, el infatigable biólogo ya había tomado una muestra de aire.

— Es respirable — anunció —. ¡Voy a examinarlo al microscopio!

— No vale la pena — le repuso Erg, abriendo la envoltura del sillón de aterrizaje —. Sin escafandras no se puede abandonar la nave, pues tal vez haya aquí esporas y virus muy peligrosos.

Junto a la salida, en la cámara de esclusas, había preparadas de antemano escafandras biológicas y las llamadas «armaduras saltadoras», de acero, revestidas de cuero y dotadas de un motor eléctrico, así como de muelles y amortiguadores, que se ponían sobre las escafandras para poder desplazarse cuando la fuerza de la gravedad era demasiado grande.

Todos, después de seis años de vagabundeo por los espacios intersiderales, ardían en deseos de sentir la tierra bajo sus plantas, aunque fuera extraña. Key Ber, Pur Hiss, Ingrid, la médico Luma y dos mecánicos-ingenieros debían quedarse a bordo, de guardia junto a la radio, los proyectores y los aparatos.