Niza estaba parada a un lado, con el casco en las manos.

— ¿Por qué vacila usted, Niza? — le preguntó el jefe, en tanto comprobaba la pequeña estación de radio que llevaba en lo alto del casco —. ¡Vamos hacia la astronave!

— Yo… — la muchacha se cortó —. A mí me parece que está muerta, que yace ahí desde hace mucho tiempo. Otra catástrofe, una víctima más del implacable Cosmos. Ya sé que eso es inevitable, pero siempre da pena… Sobre todo, después de lo de Zirda y de lo del Algrab…

— Puede que esa muerte nos dé la vida — replicó Pur Hiss, volviendo el catalejo panorámico de foco corto hacia la otra nave, que continuaba sumida en la oscuridad.

Ocho viajeros pasaron con esfuerzo a la cámara de transición y se detuvieron, esperando.

— ¡Inyecten aire! — ordenó Erg Noor a los que quedaban en la Tantra, separados ya de sus compañeros por un muro impenetrable.

Cuando la presión en el interior de la cámara fue de diez atmósferas, los cabestrantes hidráulicos tiraron de la soldada puerta y la arrancaron de cuajo. La presión del aire lanzó fuera de la cámara a la gente, sin dejar penetrar el menor elemento nocivo del mundo extraño en aquel trocito de la Tierra. La puerta se volvió a cerrar con ímpetu y estruendo.

Un proyector trazó un camino luminoso por el que los exploradores echaron a andar, arrastrando con dificultad sus piernas de muelles y sus pesados cuerpos. Al final del luminoso camino, se alzaba la enorme nave hallada. Aquellos mil quinientos metros les parecieron terriblemente largos, debido a su impaciencia y al duro traqueteo de los torpes saltos sobre un terreno escabroso, lleno de pequeñas piedras y muy recalentado por el negro sol.

A través de la densa atmósfera, saturada de humedad, brillaban débilmente las estrellas, semejantes a blancos lunares desvaídos. En vez del radiante esplendor del Cosmos, el cielo de aquel planeta sólo mostraba los tenues trazos de las constelaciones.

Y aquellos farolillos rojos, de mortecina luz, no podían disipar las tinieblas de la superficie del planeta.