En la profunda oscuridad circundante, la quieta astronave se destacaba con singular relieve. La gruesa capa de borazón y circonio que recubría su casco, estaba desgastada en algunas partes. Seguramente, la astronave había viajado mucho por el Cosmos.

Eon Tal lanzó una exclamación que resonó en todos los radioteléfonos. Señalaba con la mano a una puerta abierta, como una boca negra, y un pequeño ascensor, bajado. En la tierra, junto al ascensor y bajo la nave, crecía algo: unas plantas sin duda. Sus gruesos tallos se elevaban casi a un metro de altura y estaban rematados por unas copas negras de hojas o flores — no se sabía con certeza —, de forma parabólica y bordes dentados, como piñones de una máquina. Aquel negro engranaje inmóvil tenía un aspecto siniestro.

El mudo boquete de la puerta impresionaba aún más. Las plantas intactas y aquella puerta abierta indicaban que los seres humanos no pasaban por allí desde hacía tiempo ni protegían ya su islote terrestre de las asechanzas de aquel mundo extraño.

Erg Noor, Eon y Niza entraron en el ascensor. El jefe movió la palanca de la puesta en marcha. El mecanismo funcionó obediente, con un leve chirrido, y llevó rápido a los tres exploradores a la cámara de paso, que estaba abierta de par en par. Después, subieron también los demás. Erg Noor transmitió a la Tantra la orden de apagar el proyector. Al instante, el pequeño grupo se perdió en el abismo de las tinieblas. El mundo del sol de hierro abatíase sobre ellos, envolvente, como si quisiera tragarse aquel minúsculo foco de vida terrestre incrustado en la superficie del enorme planeta oscuro.

Encendiéronse las lámparas giratorias en lo alto de los cascos. La puerta de la cámara de paso, que conducía al interior de la nave, estaba cerrada, pero no con llave, y cedió fácilmente. Los exploradores entraron en el pasillo central. Se orientaban sin dificultad en los oscuros pasadizos, pues la estructura de la astronave no se diferenciaba apenas de la de la Tantra.

— Esta nave fue construida hace unas decenas de años — dijo Erg Noor, acercándose a Niza.

La muchacha volvió la cabeza. A través del silicol del casco, el rostro en penumbra del jefe parecía enigmático.

— Me ha venido una idea absurda — siguió diciendo Erg Noor —. ¿Y si resulta que es…?

— ¡El Argos! — gritó Niza, olvidándose del micrófono, y vio que todos se volvían hacia ella.

El grupo de exploradores penetró en la biblioteca-laboratorio, estancia principal de la nave, y luego, en el puesto central de comando, situado más cerca de la proa. Embutido en su armadura — esqueleto, con torpes pasos, tambaleándose y chocando contra las paredes —, el jefe llegó al cuadro de distribución de electricidad. Los aparatos estaban conectados, pero no había corriente. En la oscuridad sólo brillaban los indicadores y signos fosforescentes. Erg Noor encontró el conector de averías, y al instante, entre el asombro general, se encendió una luz mortecina que a todos pareció deslumbradora.