«Hoy, día doce del séptimo mes del año trescientos veintitrés del Circuito, nosotros, los supervivientes, hemos terminado los preparativos para el lanzamiento del cohete-emisor.

Mañana, a esta misma hora…» Key Ber, instintivamente, miró a la graduación horaria al borde de la cinta, que iba devanándose: las cinco de la mañana, hora del Argos, pero ¿a qué hora de aquel planeta correspondería?…

«Enviaremos, siguiendo una trayectoria bien calculada… — la voz se cortó; luego, surgió de nuevo, más apagada y débil, como si la mujer se hubiera alejado del receptor —.

¡Conecto! ¡Otra vez!..» El aparato calló, pero la cinta continuó devanándose. Los oyentes intercambiaron una mirada de ansiedad.

— ¡Algo ha ocurrido!.. — exclamó Ingrid Ditra.

Unas palabras presurosas, entrecortadas, salieron del magnetófono: «Se han salvado dos… Ella, Laik, no ha saltado lo bastante… el ascensor… ¡No han podido cerrar más que la segunda puerta! El mecánico Saj Kton se arrastra hacia los motores… utilizaremos los planetarios… Ellos, aparte de la furia y el espanto, no son nada. ¡Sí, nada!..» Durante algún tiempo, la bobina de la cinta siguió girando silenciosa; luego, la misma voz volvió a hablar:

«Parece que Kton no ha podido llegar. Estoy sola, pero sé lo que hay que hacer. Antes de empezar — la voz se hizo más firme, adquiriendo gran fuerza de convicción —:

Hermanos, oíd mi advertencia: si encontráis al Argos, no abandonéis nunca la nave.» La desconocida dio un suspiro y dijo en voz queda, como para sí misma:

«Hay que averiguar qué ha sido de Kton. Cuando vuelva, explicaré con más detalle…» Oyóse un chasquido seco, y la cinta continuó devanándose unos veinte minutos más, hasta el final de la bobina. Pero los aguzados oídos esperaron en vano: la mujer no explicó nada más, porque seguramente tampoco había vuelto más.

Erg Noor desconectó el aparato y, dirigiéndose a sus compañeros, dijo: