El cilindro espiral de la otra cara del disco llegaba hasta la misma tierra. Llevaron allí el proyector y los cables de alta tensión. La luz azulenca, reflejada por el disco, se difundía en tenue bruma por la llanura y se remontaba a unas formaciones altas y oscuras, de vagos contornos, seguramente rocas, cortadas por una garganta de impenetrables sombras. Ni el pálido reflejo de las diminutas estrellas ni los rayos de luz del proyector daban la impresión de que hubiera materia sólida en aquel portón de las tinieblas. Allí debía empezar la vertiente hacia la baja planicie observada al aterrizar.
Con sordo ronquido, llegó la carretilla automática y descargó el único robot universal de que disponía la Tantra. Insensible a la triple pesantez, el robot se acercó rápidamente al disco y se paró ante él, como un hombre grueso, de piernas cortas, cuerpo largo y enorme cabeza inclinada amenazadora hacia adelante.
Obedeciendo al mando de Erg Noor, alzó con sus cuatro extremidades superiores la pesada máquina cortadora y quedó plantado, abiertas las piernas, dispuesto a realizar la peligrosa empresa.
— El robot será dirigido solamente por Key Ber y por mí, que llevamos escafandras de ultraprotección — ordenó por el radioteléfono el jefe de la expedición —. Los otros, los de escafandras biológicas, que se aparten lo más posible…
El jefe no terminó la frase. Algo avasallador irrumpió en su conciencia y le oprimió el corazón con tremenda angustia, obligándole a doblar las piernas. Su orgullosa voluntad humana se había convertido en ciega sumisión. Bañado en pegajoso sudor, echó a andar como hipnotizado hacia el portón de las tinieblas. El grito de Niza, que resonó vibrante en su radioteléfono, le hizo recobrar el conocimiento. Se detuvo, pero la tenebrosa fuerza que había penetrado en su psiquis le empujó de nuevo hacia adelante.
Key Ber y Eon Tal, que se encontraban junto al borde del círculo luminoso, avanzaron también en unión del jefe, con igual lentitud, deteniéndose de vez en cuando, como si lucharan consigo mismos. Allí delante, en el umbral de las negras sombras, entre los remolinos de niebla, removiéndose, surgió un cuerpo fantástico, incomprensible para la mente humana, y por ello, más espantoso. Aquello no era el ser de forma de acalefo, conocido ya; de la penumbra gris venía hacia los exploradores una cruz negra de anchos brazos y con una protuberancia elipsoidal en medio. En sus extremos brillaban unas lentes convexas, fulgurantes a la luz del proyector, que rasgaba con esfuerzo el velo de las acuosas emanaciones. El pie de la cruz se hundía en la depresión no iluminada del terreno.
Erg Noor, acelerando su andar, se adelantó a los otros y, al llegar a unos cien pasos de aquel incomprensible objeto, cayó a tierra. Antes de que los atónitos compañeros pudieran darse cuenta de que su jefe corría peligro de muerte, la cruz negra se alzó a mayor altura que el círculo de cables tendidos e inclinóse, como el tallo gigantesco de una planta, con el evidente propósito de alcanzar a Erg Noor por encima del campo de protección.
Con una furia que le daba fuerzas de atleta, Niza se acercó de un salto al robot y empezó a dar vueltas a las manijas de dirección, situadas en la nuca del autómata.
Despacio, como vacilando, el robot empezó a elevar la cortadora. Entonces la muchacha, perdidas las esperanzas de poder dirigir la complicada máquina, se abalanzó hacia adelante para cubrir con su cuerpo el del jefe. Los tres extremos de la cruz lanzaron unos chorros luminosos, zigzagueantes, parecidos a rayos. La joven cayó sobre Erg Noor, con los brazos muy abiertos. Mas, por fortuna, el robot ya había vuelto la cortadora, cuya boca, con una afilada cuchilla en su interior, apuntaba al centro de la cruz negra. El monstruo se encogió convulso, como cayendo hacia atrás, y desapareció en las impenetrables sombras, al pie de las rocas. Erg Noor y sus dos camaradas volvieron en sí al punto y, tomando en brazos a la muchacha, retrocedieron para guarecerse tras el espirodisco. Los compañeros, recobra dos de su estupor, traían ya presurosos un motor planetario convertido en improvisado cañón. Con una cruel rabia que no había experimentado hasta entonces, Erg Noor lanzó las destructoras radiaciones contra la garganta de las rocas, barriendo toda la planicie inferior con singular cuidado, para no dejar fuera de su acción ni un metro cuadrado de terreno. Eon Tal, de rodillas ante la inmóvil muchacha, le hacía quedas preguntas por el radioteléfono, esforzándose en divisar sus facciones a través del casco de silicol. La joven astronauta yacía inmóvil, con los ojos cerrados. El auricular no transmitía respiración alguna.
— ¡El monstruo ha matado a Niza! — gritó consternado al ver venir a Erg Noor.