La estrecha hendidura visual del casco de ultraprotección no permitía distinguir los ojos del jefe.

— Llévela inmediatamente a la Tantra y que la asista Luma — la voz de Erg Noor tenía un timbre más metálico que nunca —. Ayude usted a la médica a determinar la naturaleza de las lesiones… Nosotros seis nos quedaremos para terminar la exploración. Que el geólogo vaya con usted y recoja por el camino, desde el disco hasta la Tantra, trozos de rocas de todas clases. No podemos permanecer más tiempo en este planeta. Aquí hay que realizar las búsquedas en tanques de ultraprotección. Y como no los tenemos, no haríamos más que condenar a toda la expedición a una muerte cierta. Tome una tercera carretilla automática, ¡y dese prisa!

Erg Noor se volvió y, sin mirar atrás, dirigiose hacia la astronave-disco. El «cañón» se emplazó en vanguardia. El ingeniero-mecánico, en pie tras él, oprimía el botón cada diez minutos y soltaba un torrente de fuego, conduciéndolo todo él en arco hasta el mismo borde del disco. El robot aplicó la cortadora al vértice de la segunda espira exterior del cilindro, que allí, junto al borde hundido en tierra, se encontraba al nivel del pecho del autómata.

El estruendo llegó incluso a través de las gruesas escafandras de ultraprotección. Por la parte elegida de la capa de malaquita, empezaron a aparecer, sinuosas, unas pequeñas grietas. Trozos de aquella sólida costra saltaron golpeando sonoros el cuerpo metálico del robot. Las incisiones laterales de la cortadora separaron una gran placa, poniendo al descubierto una superficie granulosa de vivo color celeste, agradable incluso a la luz del proyector. Luego de señalar un cuadrado lo suficientemente grande para el paso de un hombre con escafandra, Key Ber obligó al robot a hacer una profunda incisión en el metal azul, que no llegó a atravesarlo. El robot trazó una nueva línea que formaba ángulo con la primera, e imprimió a la cuchilla de la cortadora un movimiento de vaivén, aumentando así la presión. El corte en el metal se profundizó más de un metro. Cuando el auxiliar mecánico hubo trazado el tercer lado del cuadrado, los rebordes de las incisiones empezaron a volverse hacia afuera.

— ¡Cuidado! ¡Atrás todos! ¡Cuerpo a tierra! — gritó en el micrófono Erg Noor al tiempo que paraba el robot y retrocedía.

El grueso trozo de metal se retorció de pronto, como la escindida hojalata de un bote de conservas. Una gran llama irisada, de un fulgor inimaginable, brotó impetuosa de la abertura siguiendo la tangente al abultamiento de la espira. Aquella desviación y la circunstancia de que el metal azul se fundiese al momento, tapando de nuevo el boquete, salvaron a los desdichados exploradores. Del potente robot no quedó más que un informe amasijo de metal fundido, del que salían, lastimosas, unas piernas cortas. Erg Noor y Key Ber escaparon con vida gracias a las escafandras que se habían puesto previamente. La explosión lanzó a los dos hombres lejos de la extraña astronave, dispersó a los demás, volcó el «cañón» y rompió los cables de alta tensión.

Recobrados de la conmoción, los astronautas comprendieron que habían quedado indefensos. Afortunadamente, yacían protegidos por la luz del intacto proyector. Aunque nadie había sufrido daño, Erg Noor decidió que bastaba con aquello. Abandonando los instrumentos innecesarios, los cables y el proyector, los exploradores montaron en la carretilla que no había tenido avería alguna y se retiraron presurosos a su astronave.

Aquella feliz coincidencia de circunstancias, al abrir imprudentemente la nave ajena, se había producido de un modo fortuito, no dependiente de la previsión del jefe. Un segundo intento habría tenido consecuencias mucho más lamentables… ¿Y Niza, la querida astronauta, qué sería de ella?… Erg Noor confiaba en que la escafandra hubiese debilitado la fuerza mortífera de la cruz negra. Pues el contacto del acalefo negro no había matado al biólogo… Pero allí, lejos de los grandes institutos de medicina terrestres, ¿podrían ellos hacer frente a los efectos de aquella arma desconocida?…

En la cámara de transición, Key Ber se acercó al jefe y le señaló la parte posterior de la hombrera izquierda. Erg Noor volvióse hacia los espejos, que siempre se encontraban en todas las cámaras de transición, a fin de que los tripulantes se observasen obligatoriamente en ellos al volver de explorar un planeta extraño. La hombrera, formada por una fina tira de aleación de circonio y titanio, se había desgarrado. Por el roto asomaba un trozo de metal azul celeste que se había incrustado en el doblez aislante sin perforar la capa interior de la escafandra. Con gran esfuerzo se consiguió extraer el trozo de metal. A costa de un gran peligro y por azar, en definitiva, se había conseguido una muestra del enigmático metal de la astronave espirodiscoidal. El preciado hallazgo sería llevado a la Tierra.

Al fin, liberado de la escafandra, podía Erg Noor entrar — mejor dicho, penetrar a duras penas bajo la agobiadora pesantez del terrible planeta — en el interior de su astronave.