Todos los miembros de la expedición le aguardaban con enorme impaciencia. Habían observado la catástrofe en los estereovisófonos, y no necesitaban preguntar nada sobre los resultados del intento.

Capítulo IV. EL RÍO DEL TIEMPO

Veda Kong y Dar Veter estaban en la pequeña plataforma circular de un giróptero que se deslizaba lento por el aire, sobre las infinitas estepas. Un suave vientecillo ondulaba la hierba espesa, esmaltada de flores, como un mar de amplias olas. Lejos, a la izquierda, se divisaba un rebaño de ganado blanquinegro, obtenido por el cruzamiento de yacs, vacas y búfalos.

Los pequeños oteros, los apacibles ríos, los anchos valles, todo respiraba calma y libertad en aquel llano y estable sector de la corteza terrestre que antiguamente llevaba el nombre de depresión de Siberia Occidental.

Dar Veter contemplaba soñador aquella tierra que en un tiempo estuviera cubierta de interminables, tediosos pantanos y de los bosques, de febles espaciados árboles, del Norte siberiano. Veía mentalmente el cuadro de un viejo pintor, que le había dejado, desde la infancia, una impresión imborrable.

Sobre un alto promontorio ceñido por el brazo de un gran río, se alzaba, solitaria y gris de los años, una iglesia de madera que parecía contemplar desvalida la inmensidad de los campos y los prados. La fina cruz de su cúpula negreaba bajo las franjas de unos pesados nubarrones que se abatían sobre la tierra. Tras la iglesia, en un pequeño cementerio, unos cuantos abedules y sauces inclinaban sus alborotadas copas al embate del viento. Sus combadas ramas casi tocaban las cruces semiderruidas, derribadas por el tiempo y las tempestades sobre la hierba mojada y lozana. Al otro lado del río se amontonaban, como ingentes bloques de piedra, unas compactas nubes de un color gris liliáceo. Las anchurosas aguas brillaban con fríos fulgores de hierro. Aquellos mismos fulgores se expandían por doquier. Lejanías y cercanías estaban mojadas por las tenaces lluvias otoñales de las inmensas llanuras del Norte, gélidas e inhóspitas. Y todas las tonalidades del cuadro, azuladas, grises, verdes, evocaban las enormes extensiones de tierra yerma donde el hombre llevaba una vida dura, pasando hambre y frío, y sentía con singular rigor la soledad característica de los lejanos tiempos de la sinrazón humana.

Y a Dar Veter le parecía que el cuadro aquel — expuesto en el museo, en la profundidad de la transparente cabina protectora, renovado y esclarecido por invisibles rayos de luz — era como una ventana abierta a un pasado muy remoto.

En silencio, miró a Veda. La joven mujer, posada una mano en la barandilla de la plataforma, gacha la cabeza, observaba pensativa los altos tallos de hierba, que el viento inclinaba. Brillaban argentadas las estipas plumosas, con anchos y lentos reflejos cambiantes, mientras la plataforma circular del giróptero volaba despacio sobre la estepa.

Pequeños remolinos cálidos envolvían inesperadamente a los viajeros, agitando los cabellos y el vestido de Veda y echando traviesos su ardiente aliento a los ojos de Veter.