Los cuerpos bien entrenados de los dos viajeros podían competir en rapidez con la agilidad primitiva del toro. La mole pasó de largo, y penetró en la espesura de los arbustos, haciendo crujir las ramas, mientras Veda y Dar Veter retrocedían a unos pasos del giróptero. A alguna distancia de la hoguera, la noche no era tan oscura, y el vestido de Veda se divisaba sin duda desde lejos. El toro salió impetuoso de los arbustos. Dar Veter alzó a su compañera con destreza, y ella, de un salto, se encontró en la plataforma del giróptero. Mientras el animal se volvía torpemente, excavando la tierra con sus pezuñas, ya estaba Dar Veter sobre la máquina voladora, al lado de Veda. Ambos cambiaron una fugaz mirada, y él no leyó en los ojos de ella más que una sincera admiración. El cárter del motor estaba abierto desde la tarde, cuando Dar Veter intentaba desentrañar los secretos de aquel ingenioso mecanismo. Poniendo en tensión sus enormes fuerzas, arrancó de la barandilla de la plataforma un cable del campo nivelador, introdujo su extremo desnudo bajo el resorte del contacto principal del trasformador y apartó prudentemente a Veda. Entre tanto, el toro enganchó la barandilla con un cuerno y el giróptero se balanceó del tremendo tirón. Dar Veter tocó con el otro extremo del cable una fosa nasal del bruto. Fulguró un rayo amarillo, resonó un golpe sordo y el furioso animal se derrumbó pesadamente.

— ¡Lo ha matado usted! — gritó indignada Veda.

— ¡No creo, la tierra está seca! — repuso, sonriendo satisfecho, el ingenioso héroe.

Y en confirmación de sus palabras, el toro lanzó un débil mugido, levantóse y, sin volver la cabeza, escapó a un trotecillo vacilante, como avergonzado de su derrota. Los viajeros volvieron a la hoguera. Una nueva brazada de ramiza reavivó las mortecinas llamas.

— Ya no tengo frío — dijo Veda —. Subamos a la colina.

La cima del montículo ocultaba el fuego; las pálidas estrellas del verano nórdico, semejantes a diminutas bolillas, se difuminaban en el horizonte.

Al Oeste, no se veía nada; al Norte, en las laderas de unos cerros, parpadeaban unas filas de lucecillas apenas perceptibles; al Sur, también muy lejos, brillaba, como un astro luminoso, el faro de la torre de observación de unos ganaderos.

— Mala suerte; habrá que caminar toda la noche… — rezongó Dar Veter.

— No, no, ¡mire allí! — dijo Veda señalando hacia Oriente, donde habían surgido de pronto cuatro luces dispuestas en cuadrado. Se encontraban a unos kilómetros, pocos.

Una vez tomada la dirección, orientándose por las estrellas, descendieron a la hoguera.