Veda Kong se detuvo ante las mortecinas ascuas, como si quisiera grabar algo en su memoria.
— Adiós, hogar nuestro… — dijo soñadora —. Seguramente los nómadas tenían siempre viviendas parecidas, inestables, efímeras. Yo también he sido hoy una mujer de aquella época.
Volvióse hacia Dar Veter y, confiada, le puso la mano en el cuello.
— ¡He sentido tan intensamente la necesidad de defensa!.. No tenía miedo, ¡no! Era una especie de fascinante sumisión a la fuerza del destino…
Alzó los brazos y, entrelazadas las manos en la nuca, estiróse elástica ante el fuego.
Un instante después, sus ojos, velados por las lágrimas, recobraban su pícaro fulgor.
— Bueno, condúzcame, ¡héroe mío! — bromeó, y su voz grave tenía un tono impreciso, enigmático y tierno.
La noche clara, saturada de los aromas de las hierbas, cobraba vida con el susurro de las bestezuelas al deslizarse y los gritos de las aves nocturnas. Veda y Dar Veter caminaban con cuidado, temerosos de caer en alguna madriguera invisible o de hundirse en una quebrada de la tierra seca. Los penachos de las estipas plumosas cosquilleaban en los tobillos. Dar Veter escudriñaba atento en las sombras cada vez que los negros cúmulos de los arbustos emergían en la estepa.
Veda rió bajito.
— Quizá hubiera sido conveniente traerse el acumulador y el cable…