Pasó una hora. Seguía sin aparecer la menor luz. La angustiosa espera se iba haciendo insoportable. Noor conectó las sirenas de aviso. Un espantoso rugido se expandió hacia la insondable negrura de allá abajo. Los hombres de la Tierra confiaban en que, fundido con el fragor del aire, lo oirían los moradores de Zirda, que guardaban un enigmático silencio.

Un resplandor de fuego rasgó las siniestras tinieblas. La Tantra había entrado en la zona iluminada del planeta. Abajo, todo continuaba envuelto en una oscuridad aterciopelada. Las fotografías, ampliadas rápidamente, mostraron que aquello era un tapiz de flores semejantes a negras amapolas terrestres, que se extendía en millares de kilómetros, sustituyendo todo: bosques, matorrales, juncos y hierbas. Las calles de las ciudades resaltaban en el manto sombrío como costillas de esqueletos gigantescos, las construcciones de hierro parecían rojas heridas. No había en parte alguna ni un solo ser vivo, ni un árbol; únicamente aquellas amapolas negras…

La Tantra lanzó una estación-bomba de observación y entró de nuevo en la noche. Al cabo de seis horas, la estación-robot informó acerca de la composición del aire, de la temperatura, de la presión y demás condiciones existentes en la superficie del planeta.

Todo era allí normal, excepto un exceso de radiactividad.

— ¡Monstruosa tragedia! — barbotó con sofocada voz el biólogo Eon Tal, en tanto anotaba los últimos datos suministrados por la estación —. ¡Se han matado ellos mismos y han destruido todo su planeta!

— ¿Será posible? — preguntó Niza, tratando de contener las lágrimas —. ¡Qué espanto!

No me lo explico, pues la ionización no es tan fuerte…

— Desde entonces, han pasado bastantes años — respondió severo el biólogo. Su rostro circasiano, de nariz aguileña y aspecto viril, a pesar de su juventud, tenía una expresión dura —. Esta desintegración radiactiva es precisamente peligrosa porque va aumentando de un modo imperceptible. La cantidad total de emanaciones ha podido ir creciendo durante siglos, kor a kor, como llamamos nosotros a las biodosis de radiación, y de pronto, un salto cualitativo! Se anula la procreación, viene la esterilidad y surgen, por añadidura, las epidemias de origen radiactivo… No es la primera vez que esto ocurre. El Gran Circuito ha conocido catástrofes semejantes…

— Como la del llamado «Planeta del sol violáceo» — resonó detrás de ellos la voz de Erg Noor.

— Lo más trágico — comentó el taciturno Pur Hiss — es que su extraño sol, setenta y ocho veces más luminoso que el nuestro y de la clase espectral A-cero, aseguraba a los habitantes una energía muy elevada…