— ¿Dónde está ese planeta? — inquirió el biólogo Eon Tal —. ¿No es el que el Consejo se propone poblar?

— El mismo. En su honor se dio el nombre de Algrab a la nave que acaba de perecer.

— ¡La estrella Algrab o Delta del Cuervo! — exclamó asombrado el biólogo —. ¡Pero ésa está muy lejos!

— A cuarenta y seis parsecs. Mas nosotros construimos astronaves que hacen raids cada vez más largos…

El biólogo asintió con la cabeza y barbotó que no había sido un acierto dar a aquella astronave el nombre de un planeta perecido.

— Mas la estrella sigue existiendo, y el planeta también. Antes de un siglo, la habremos cubierto de vegetación y poblado — repuso Erg Noor, con convencimiento.

Se había decidido a una maniobra difícil, consistente en cambiar el curso orbital de la nave, que era latitudinal, haciéndolo longitudinal para seguir a lo largo del eje de rotación de Zirda.

¿Cómo iban a abandonar el planeta sin tener la certeza de que todos sus habitantes habían muerto? Tal vez los supervivientes no pudieran pedir socorro, debido a que las centrales energéticas estuviesen destruidas y los aparatos averiados.

No era la primera vez que Niza veía a Erg Noor ante el cuadro de comando en un momento crítico. Con el rostro impenetrable, lleno de firmeza, los movimientos bruscos y siempre exactos, le parecía un héroe legendario.

De nuevo, la Tantra recorría sin esperanza su ruta alrededor de Zirda; ahora de un polo a otro. En algunos lugares, sobre todo en las latitudes medias, aparecían anchas zonas de terreno sin vegetación alguna. Allí flotaba en el aire una niebla amarilla, a través de la cual se vislumbraban, como un mar encrespado, unas gigantescas dunas de arena roja, azotadas por el viento.