Poco después, Veda se echaba en un ancho diván de la sala de la casita destinada a las mujeres. Dar Veter, antes de acostarse, paseó un rato por la llana plazoleta, frente a la casa, evocando las impresiones de la jornada.

La mañana norteña había lavado con su rocío la polvorienta hierba. El impasible Liao Lan, al volver de su trabajo nocturno, invitó a los huéspedes a ir al aeródromo cercano en un «elf», pequeño automóvil de acumuladores. La base de aviones saltadores de retropropulsión se encontraba sólo a cien kilómetros al Sudeste, en el delta del Trom Yugán. Veda pidió que la pusieran en comunicación con su grupo expedicionario, pero resultó que en las excavaciones no había una emisora lo bastante potente. Desde que nuestros antepasados comprendieron el daño de las emanaciones radiactivas y establecieron un régimen estricto, las emisiones dirigidas requerían aparatos mucho más complicados, especialmente para las conversaciones a larga distancia. Además, el número de estaciones se había reducido de modo considerable. Liao Lan decidió enlazar con la torre-observatorio de ganaderos más próxima. Estas torres comunicaban entre sí por medio de emisiones dirigidas y podían transmitir cualquier mensaje a la estación central de su región. La joven practicante que conducía el «elf» y debía regresar con él al campo de los paleontólogos aconsejó a los viajeros que pasasen por la torre, y así podrían hablar ellos mismos por el televisófono (TVF). Dar Veter y Veda aceptaron de muy buena gana. El fuerte viento levantaba a un lado nubéculas de polvo y azotaba los cortos y espesos cabellos de la joven chófer. Apenas cabían en el asiento, de tres plazas, pues el gran cuerpo del ex director de las estaciones exteriores dejaba a sus compañeras menos espacio. La fina silueta de la torre de observación se columbraba imprecisa en el despejado cielo azul. Pronto, el «elf» se detuvo a la entrada de la torre, cuyas patas metálicas, muy abiertas, sostenían una marquesina de plástico, bajo la que estaba parado otro coche igual. La caja del ascensor atravesaba la marquesina por su centro. La diminuta cabina los subió por turno, pasando por el piso dedicado a vivienda, hasta la cima, donde fueron recibidos por un joven tostado por el sol y casi desnudo. La súbita turbación de la resuelta muchacha chófer indicó a Veda que la sagaz propuesta de aquella paleontólogo de cortos cabellos tenía raíces más profundas… La redonda pieza, de paredes de cristal, oscilaba sensiblemente, mientras la ligera torre vibraba, con monótono sonido, como una cuerda tensa. El techo y el suelo estaban pintados de color oscuro. A lo largo de las ventanas, había unos estrechos tableros con prismáticos, máquinas calculadoras y cuadernos de apuntes. Desde aquella altura de noventa metros se divisaba un enorme sector de la estepa, hasta los límites de visibilidad de las torres vecinas. Desde allí se observaban de continuo los ganados y se hacía el cómputo de las reservas de forraje. Formando círculos concéntricos verdes, resaltaba en la estepa el laberinto de las empalizadas bordeando las sendas por las que, dos veces al día, era conducido el ganado lechero. La leche, que no se agriaba nunca como la de las gacelas africanas, era recogida y congelada allí mismo, en unos frigoríficos subterráneos donde podía conservarse largo tiempo. La conducción del ganado se efectuaba con ayuda de unos «elfes» adjuntos a cada torre. Los observadores podían estudiar durante las guardias; por ello, en su mayoría, eran aún alumnos. El joven ligero de ropa llevó a Veda y a Dar Veter, por una escalera de caracol, al piso destinado a vivienda que, sujeto por unas vigas cruzadas, pendía unos metros más abajo. Aquel local estaba dotado de paredes aislantes, impenetrables al sonido, y los viajeros se encontraron en completo silencio. Tan sólo el constante balanceo les recordaba que la estancia se hallaba a una altura peligrosa a la menor imprudencia.

Otro muchacho estaba trabajando precisamente en el puesto de radio. El complicado peinado y el policromo vestido de su interlocutora, reflejada en la pantalla, revelaban que estaba comunicando con la estación central, pues los trabajadores de la estepa llevaban ligeros monos cortos. La muchacha de la pantalla enlazó con la red de circunvalación, y poco después, en el TVF de la torre, apareció la cara triste y la figura menudita de Miiko Eygoro, la primera ayudante de Veda Kong. Sus ojos, oscuros y oblicuos como los de Liao Lan, reflejaron gozoso asombro, mientras su pequeña boca se entreabría de la sorpresa. Un segundo más tarde, su rostro se tornaba de nuevo impasible y sólo denotaba sostenida atención. Cuando Dar Veter volvió a la cima de la torre, sorprendió a la muchacha paleontólogo en animada charla con el primer joven, y salió al balcón circular que rodeaba la estancia de cristal. El húmedo frescor de la mañana había sido sustituido hacía tiempo por el bochorno del mediodía que quitaba brillantez a los colores y allanaba los pequeños accidentes del terreno. La estepa se extendía ancha y libre bajo un cielo cálido y límpido. A Dar Veter le acometió otra vez la confusa nostalgia del Norte, de las tierras húmedas de sus antepasados. Acodado en la barandilla del movedizo balcón, el ex director de las estaciones exteriores percibía, con más fuerza que nunca, la realización de los sueños de los antiguos. Los rigores de la naturaleza habían sido rechazados hacia el Norte, muy lejos, por la mano del hombre, y el calor vivificante del Sur expandíase por aquellas llanuras ateridas en un tiempo bajo las frías nubes.

Veda Kong entró en la habitación de cristal y anunció que el operador de la radio se encargaría de llevarlos a su destino. La muchacha de los cabellos cortos dirigió a la historiadora una larga mirada de agradecimiento. A través de la transparente pared, se veía la ancha espalda de Dar Veter, abismado en la contemplación.

— ¿Piensa usted — oyó tras él — tal vez en mí?

— No, Veda. Estaba pensando en un postulado de la antigua filosofía hindú, que dice:

El mundo no ha sido creado para el hombre, y éste sólo se hace grande cuando comprende todo el valor y la belleza de otra vida, de la vida de la naturaleza…

— No le entiendo, eso es incompleto.

— ¿Incompleto? Quizá. Yo añadiría que sólo al hombre le ha sido dada la facultad de comprender no sólo la belleza de la vida, sino sus lados duros, sombríos. ¡Y únicamente él es capaz de soñar y crear una vida mejor!

— Ahora sí le he entendido — dijo Veda en voz baja. Y luego de una larga pausa, agregó —: Ha cambiado usted, Veter.