— Claro que he cambiado. Han sido cuatro meses removiendo con una simple pala las pesadas piedras y los troncos medio podridos de sus túmulos. Y sin querer, empieza uno a mirar a la vida más simplemente y a apreciar sus sencillas alegrías…

— No bromee, Veter — repuso Veda, con ceño —. Le estoy hablando en serio. Cuando yo le conocí gobernando toda la fuerza de la Tierra, hablando con mundos lejanos… Allí, en sus observatorios, parecía usted un ser sobrenatural de la antigüedad, ¡un dios! como decían nuestros antepasados. Pero aquí, en nuestro modesto trabajo, igualado a otros muchos, usted… — Veda no terminó la frase.

— Yo ¿qué? — inquirió con curiosidad —. ¿He perdido mi grandeza? Entonces, ¿qué habría dicho si me hubiera visto antes de mi traslado al Instituto de Astrofísica, cuando era maquinista de la Vía Espiral? ¿En esa profesión hay también menos grandeza? ¿O al verme de mecánico de cosechadoras de frutos en los trópicos?

Veda dio suelta a una sonora risa.

— Voy a descubrirle un secreto de mi adolescencia. Cuando yo estaba en la escuela del tercer ciclo, mi ideal era el maquinista de la Vía Espiral. No me imaginaba a nadie más poderoso que él —… Mire, ahí viene el operador de la radio. ¡En marcha, Veter!

Antes de tomar a bordo a Veda y Dar Veter, el aviador preguntó una vez más si su estado de salud les permitiría soportar la brusca aceleración del aparato saltador. Siempre cumplía estrictamente estas instrucciones. Cuando hubo recibido por segunda vez afirmativa respuesta, instaló a ambos en los profundos sillones, situados en la transparente proa del avión, parecido a una gigantesca gota de agua. Veda se sentía muy incómoda, pues los asientos estaban muy echados hacia atrás en la alzada carlinga.

Resonó vibrante el gong, anunciando la partida. Un poderoso resorte lanzó el aparato poniéndolo en posición casi vertical, y el cuerpo de Veda se hundió lentamente en el sillón como en un líquido elástico. Dar Veter volvió con esfuerzo la cabeza para dirigir a su compañera una animadora sonrisa. El piloto puso en marcha el motor. Oyóse un prolongado rugido, una gran pesantez se expandió por todo el cuerpo, y el aparato gotiforme salió disparado, trazando en el aire un arco a veintitrés mil metros de altura.

Parecían haber transcurrido solamente unos minutos, cuando los viajeros, débiles las piernas, descendían ya del avión frente a sus casitas de la estepa cercana al Altai, mientras el aviador agitaba la mano indicándoles que se alejasen más. Dar Veter dedujo que allí, a diferencia de en la base, a falta de catapulta, habría que despegar directamente de la tierra. Tomando a Veda de la mano, corrió hacia Miiko Eygoro, que salió presurosa a su encuentro. Las dos mujeres se abrazaron, como después de una larga separación.

Capítulo V. UN CABALLO EN EL FONDO DEL MAR