El mar estaba tibio, cristalino, apenas ondulado por las olas, de un color glauco, de espléndido fulgor. Dar Veter se adentró en él y, con el agua al cuello, abrió los brazos para mantenerse en pie sobre el fondo en declive. Al mirar a la refulgente lejanía, por encima del lomo de las suaves olas, le pareció de nuevo que se diluía en el agua convirtiéndose en parte integrante del inmenso líquido elemento. Traía al mar una pena escondida en el alma desde hacía tiempo: el dolor de la separación del Cosmos, con su apasionante grandeza y su océano de conocimientos e ideas, el pesar de la falta de aquella dedicación austera de cada día de la vida. Su existencia transcurría de un modo muy distinto. El amor creciente a Veda embellecía las jornadas de trabajo inhabitual, atenuando las nostalgias de un cerebro acostumbrado al libre pensamiento y excelentemente entrenado en la labor. Con entusiasmo de colegial, se abismaba en las investigaciones históricas. El río del tiempo, reflejado en su mente, le ayudaba a sobrellevar el cambio de vida. Agradecía a Veda que, con un tacto digno de ella, hubiera organizado aquellos viajes en giróptero por un país transformado por el trabajo del hombre. Y cuanto había perdido se tornaba pequeño en la magnitud de las labores terrenales, como en la inmensidad del mar. Dar Veter se resignaba a lo irreparable, que suele ser lo más difícil de aceptar…

Una voz dulce, casi infantil, le llamó. Dar Veter reconoció a Miiko y, echando atrás los brazos, tendióse boca arriba sobre la superficie, en espera de la pequeña muchacha. Ella, de un rápido salto, se tiró al mar. De sus cabellos, negros como la endrina, caían gruesas gotas, mientras su cuerpo tomaba bajo la translúcida capa de agua un matiz verdoso.

Luego, los dos juntos nadaron al encuentro del sol, hacia un islote, solitario y desierto, que se alzaba como un peñasco negro a un kilómetro de la orilla. En la Era del Gran Circuito, todos los niños, criados junto al mar, se hacían excelentes nadadores. Dar Veter poseía además, en este aspecto, aptitudes innatas. Al principio, nadó despacio, temeroso de que Miiko se cansase; pero la muchacha se deslizaba a su lado con facilidad y despreocupación. Algo intrigado por la destreza de la joven, Dar Veter fue aumentando el ritmo. Mas incluso cuando nadaba ya con todas sus fuerzas, Miiko no se quedó atrás, y su encantadora carita inmóvil continuaba serena. Empezó a oírse el sordo chapoteo de las olas en las rocas de la isla. Dar Veter hizo la plancha, y la muchacha, tomando impulso, describió un círculo y volvió hacia él.

— Miiko, ¡nada usted maravillosamente! — exclamó admirado y, luego de aspirar aire a pleno pulmón, contuvo la respiración.

— Nado peor que buceo — confesó la muchacha, y Dar Veter quedó sorprendido de nuevo.

— Mis antepasados eran japoneses — siguió diciendo Miiko —. Hubo en tiempos una tribu en la que todas las mujeres eran pescadoras de perlas y algas alimenticias. Aquel oficio fue transmitiéndose de generación en generación, hasta convertirse, durante un milenio, en un consumado arte. En mí se ha manifestado ahora de un modo casual.

— Nunca hubiera supuesto…

— ¿Que una descendiente lejana de pescadoras de perlas y algas llegase a ser historiadora? En nuestra familia existía una leyenda. Hace más de mil años, hubo un pintor japonés que se llamaba Yanaguihara Eygoro.

— ¡Eygoro! Entonces, su nombre…

— Es un caso raro en nuestros días, cuando se da a los niños cualquier nombre cuyo sonido sea grato. Por cierto que todos procuran elegir sonidos o palabras de las lenguas que hablaban los pueblos de que descienden. Su nombre, si no me equivoco, es de raíces rusas. ¿Verdad?