— ¡Exactamente! Y no sólo de raíces, sino de palabras enteras. La primera, Dar, significa don, presente y la segunda, Veter quiere decir viento…
— Yo desconozco el sentido del mío. Pero desde luego el pintor existió. Mi bisabuelo encontró uno de sus cuadros en un museo. Es un lienzo grande, puede usted verlo en mi casa. Para un historiador, ofrece interés. En él están representadas con nitidez la vida dura y viril, la pobreza y sencillez del pueblo… ¿Qué, seguimos nadando hacia adelante?
— ¡Espere un momento, Miiko! ¿Dice usted que hubo mujeres buceadoras?
— Sí. Y el pintor se enamoró de una de ellas y quedóse a vivir para siempre en la tribu.
Sus hijas se dedicaron también, toda su vida, a la pesca de perlas y algas. Mire ¡qué isla tan extraña! Parece un depósito circular o una torreta baja para la producción de azúcar.
— ¿De azúcar? — repitió Dar Veter, conteniendo la carcajada —. Cuando yo era pequeño, estas islas desiertas me fascinaban. Se alzan solitarias en medio del mar.
Encierran secretos en sus oscuros o inextricables bosques. En ellas puede hallarse todo lo imaginable, cuanto se ansia en los sueños.
La argentina risa de Miiko fue la recompensa a sus palabras. La muchacha, silenciosa, un poco triste de ordinario, estaba desconocida. Avanzando con audacia y alegría hacia las chapoteantes olas, continuaba siendo un enigma para Veter, hermética, distinta por completo a la diáfana Veda, cuyo arrojo era más bien expresión de una espléndida confianza que de una tenacidad auténtica.
Entre los grandes bloques de piedra, junto a la misma orilla, había unas galerías submarinas, soleadas y profundas. Recubiertas de oscuras esponjas, tapizadas con el terciopelo verde de las algas, conducían a la parte oriental del islote, donde se abría una oscura y enigmática sima. Dar Veter lamentó no haber pedido a Veda un mapa detallado del litoral. Las balsas de la expedición marítima brillaban al sol, junto al promontorio del Oeste, a unos kilómetros de ellos. Más cerca, se divisaba una playa de arena en suave pendiente, donde descansaban todos los miembros del grupo expedicionario. Aquel día se cambiaban los acumuladores de las máquinas. Y Veter se había entregado al infantil placer de explorar islas desiertas.
Un gran acantilado de andesita se cernía amenazador sobre los nadadores. Las roturas de las rocas eran recientes, pues un temblor de tierra había derrumbado hacía poco el sector quebrantado del litoral. La marejada era fuerte. Miiko y Dar Veter estuvieron nadando largo rato en las sombrías aguas de la costa oriental, hasta que encontraron un liso saliente de piedra al que trepó la muchacha con ayuda de su compañero.