Las gaviotas, alarmadas, volaron raudas en varias direcciones. El batir de las olas hacía retemblar las moles de andesita. No había el menor rastro de la presencia del hombre, ni huellas de animales; tan sólo desnudas rocas y espinosos arbustos.

Los nadadores subieron a la cima del islote para contemplar el furor de las olas que rompían abajo; luego descendieron de allí. Un olor acre emanaba de los arbustos emergentes de las quebradas. Tendido sobre la cálida piedra, Dar Veter miraba perezoso el agua que se extendía al Sur del saliente.

Agachada, al borde mismo de la roca, Miiko escudriñaba la hondura. No había allí bajíos ni amontonamientos de piedras desprendidas. El abrupto acantilado se alzaba sobre el agua oscura, aceitosa. El sol arrancaba de sus aristas cegadores destellos. Y donde la luz, cortada por la roca, penetraba vertical en el agua cristalina, apenas se columbraba el oscilante fondo llano, de clara arena.

— ¿Qué está usted viendo, Miiko?

La muchacha, absorta en sus pensamientos, no se volvió al pronto.

— Nada. A usted le atraen las islas desiertas; a mí, el fondo del mar. Y también me parece que en él se puede encontrar siempre algo interesante, hacer algún descubrimiento.

— Entonces, ¿por qué trabaja usted en la estepa?

— Tengo motivos. Para mí el mar es un gozo tan grande, que no puedo estar constantemente con él. Como tampoco es posible escuchar de continuo la música preferida. En cambio, luego, los reencuentros son más preciados…

Dar Veter asintió con la cabeza.

— ¿Qué, buceamos hasta allí? — preguntó Veter, señalando al blanco claror de la hondura.