Miiko enarcó las cejas, de ordinario alzadas junto a las sienes.

— ¿Podrá usted? Aquí la profundidad es de veinticinco metros por lo menos. Eso sólo está al alcance de un experto buceador…

— Lo intentaré… ¿Y usted?

En vez de responder, Miiko se puso derecha, miró en derredor, eligió una piedra grande y la llevó hasta el borde de la roca.

— Primero, déjeme probar a mí. No es mi costumbre bucear con una piedra. Pero quizá haya corriente, pues el fondo está demasiado limpio…

La muchacha alzó los brazos, inclinóse y se enderezó echando hacia atrás el cuerpo.

Dar Veter observaba sus movimientos respiratorios, para repetirlos. Miiko no volvió a pronunciar palabra. Después de hacer unos cuantos ejercicios más, tomó la piedra y se precipitó en la oscura sima, como en un abismo.

Pasado más de un minuto, Dar Veter empezó a sentir una vaga inquietud, pues la intrépida muchacha no reaparecía. Buscó a su vez una piedra, deduciendo que para él debía ser bastante más grande. Acababa de levantar un trozo de andesita, de cuarenta kilos, cuando Miiko emergió de las aguas. Respiraba con dificultad y parecía muy cansada.

— Ahí… ahí… hay un caballo — profirió jadeante.

— ¿Cómo? ¿Qué caballo?