Cerciorada de que Dar Veter había recobrado ya el aliento, Miiko le dejó tendido sobre la lisa piedra y se zambulló de nuevo en el agua. Por fin, cansada de las profundas inmersiones y contenta del soberbio hallazgo, la muchacha se sentó al lado de su compañero y permaneció callada largo rato, junto a él, hasta que la respiración se hizo normal.

— Sería interesante saber cuántos años tiene esa estatua — dijo Miiko pensativa.

Dar Veter se encogió de hombros al recordar lo que más le había sorprendido.

— ¿Por qué el caballo no está cubierto de algas y conchas?

Miiko se volvió hacia él con rapidez.

— ¡En efecto! Yo he visto ya hallazgos semejantes. Resultó que habían sido recubiertos de una sustancia que impedía la adherencia a ellos de seres vivos. Por consiguiente, la estatua debe de ser de fines del último siglo de la Era del Mundo Desunido.

En el mar, entre la orilla y el islote, apareció un nadador. Al acercarse, alzóse un poco del agua y saludó afectuoso, agitando las manos. Dar Veter vio el ancho pecho y la reluciente piel oscura de Mven Mas. Poco después, la alta figura negra trepaba a la roca y una sonrisa plena de bondad iluminaba el mojado rostro del nuevo director de las estaciones exteriores. Saludó a la pequeña Miiko con una rápida inclinación de cabeza y a Dar Veter con amplio y natural ademán.

— Ren Boz y yo hemos venido, por un día, a pedirle consejo.

— ¿Ren Boz?

— Es un físico de la Academia de los Límites del Saber…