— Le conozco un poco. Trabaja en la esfera de las relaciones mutuas entre el espacio y el campo. ¿Dónde lo ha dejado usted?
— En la orilla. Él no nada tan bien como usted, al menos…
Un ligero chapoteo interrumpió las palabras de Mven Mas.
— ¡Voy a ver a Veda! — gritó Miiko desde el agua.
Dar Veter sonrió cariñoso a la muchacha.
— ¡Lleva un descubrimiento! — le explicó a Mven Mas, y empezó a contarle el hallazgo del caballo submarino.
El africano le oía sin interés. Sus largos dedos palpaban el mentón. Y Dar Veter leyó en sus ojos inquietud y esperanza.
— ¿Tiene usted alguna preocupación seria? Entonces, ¿a qué demorar el asunto?
Mven Mas aprovechó la invitación. Sentado al borde de la roca, sobre el abismo que ocultaba el enigmático caballo, comenzó a hablar de sus terribles dudas. Su entrevista con Ren Boz no había sido casual. La visión del magnífico mundo de la Épsilon del Tucán no le abandonaba ni un instante. Y desde aquella noche acariciaba una ilusión:
aproximarse a aquel mundo, venciendo a toda costa la enorme distancia que le separaba de él. Para que la emisión y recepción de informaciones, señales y vistas no requiriesen ya seiscientos años, plazo inaccesible para la vida humana. Sentir el pulso y el aliento de aquella vida hermosa, tan análoga a la nuestra, tender la mano a nuestros hermanos de allá, a través de la inmensidad del Cosmos. Mven Mas había concentrado toda su atención en el estudio de los problemas no resueltos y de los ensayos no terminados que venían realizándose, desde hacía ya mil años, en la investigación del espacio como función de la materia. El problema que soñaba Veda Kong la noche de su primera intervención por el Gran Circuito…