¿Qué Imperio habrá como el Imperio de Pío IX? Ya no se extiende sobre la tierra; la revolucion le ha quitado sus dominios, y lo ha reducido primero á Roma, despues al Vaticano. Pero nadie puede quitarle, nadie, que en la exaltacion de su propia fe pueda creerse con dominio eminente sobre la conciencia humana, y autoridad bastante á interpretar sobre la tierra el pensamiento y la voluntad de los cielos.

Ningun Papa ha sido osado, ninguno, á prescindir de la Iglesia universal, del concilio ecuménico solemnemente convocado, para proclamar un dogma de fe y un dogma de tanta trascendencia como el dogma de la Purísima Concepcion de María, que, ademas de exceptuar á una criatura de las leyes generales humanas, sobrepone al cristianismo, que veló un tanto la pura idea deista de la Biblia, otra religion en la que se exalta á una criatura hasta las alturas donde sólo puede brillar el Creador.

Pío IX ha reinado mucho tiempo. Su predecesor, el viejo Gregorio XVI, á pesar de todo su poder divino sobre las conciencias, no tenía igual poder sobre la naturaleza, y en una fiesta de la Ascension cogió agudo constipado que rápidamente le llevó al sepulcro. Rossi creyó definir á este Papa en tres palabras, diciendo: es un Patriarca austriaco. Para la eleccion de un Pontífice parece natural que se muevan los labios á murmurar oraciones, que se rodeen los altares de nubes de incienso y se pida á Dios de todas maneras su luz divina, indispensable á una acertada eleccion; y sin embargo, moviéronse para la eleccion de Pío IX regimientos de artillería en las Marcas, y naves de la imperial marina austriaca por las aguas de Ancona. Si los ejércitos marítimos y terrestres se movieron como si fueran los ángeles de la córte celestial, no se movieron ménos los embajadores, cuyo carácter de doblez y disimulo, si les da grande aptitud para entenderse con los reyes, no debe darles grande aptitud para entenderse con los cielos. Entre los embajadores, eran de excepcional influjo el embajador de la córte de Francia y el embajador de la córte de Austria; éste demasiado tímido, aquél demasiado atrevido. El conde Broglia hablaba en los siguientes términos al Gobierno sardo del representante de Luis Felipe en los dias del cónclave: «Emplea el conde Rossi una actividad febril, y se adjudica á sí mismo casi casi el poder del Espíritu Santo.» El embajador frances oponia su veto á todos los cardenales tachados de apego á los jesuitas y al Austria, en tanto que el embajador austriaco oponia su veto á todos los cardenales tildados de apego á Francia y al espíritu moderno. En el número de los que Austria ponia en verdadero entredicho, contábase al entónces cardenal Mastai, hoy Pío IX. Si el príncipe de la Iglesia, encargado de formular este veto, llega al cónclave á tiempo, no hubiera sido, no, Mastai Papa.

El 14 de Junio de 1846 dirigíanse los cardenales al Quirinal. Gregorio XVI habia sido enterrado pocos dias ántes, y su cadáver insultado, y su memoria denostada por el pueblo. El cónclave prefirió los salones del Quirinal á los salones del Vaticano, porque si esperaba las inspiraciones del Espíritu Santo en todas partes, temia que en el palacio por excelencia pontificio no bastáran estas inspiraciones divinas á contrastar los efluvios de la fiebre.

En la procesion, desde la iglesia, donde el cónclave se reunió, al Quirinal, donde el cónclave se encerró, faltaron los cardenales á todo el respeto que se debian á sí mismos; y como cayeran cuatro gotas, entraron en el palacio, sin órden y sin ninguna compostura. Por fin la hora de la votacion llegó. El cónclave estaba dividido. Fueron varios escrutinios indispensables. En ninguno de ellos resultaba el número de treinta y siete votantes que un Papa necesita para subir al sólio, y desde allí interpretar la voluntad del cielo. El escrutinio último fué impuesto despues de largas dilaciones. Pío IX era escrutador, y debia leer en voz alta los nombres de los votados. Conforme sacaba papeletas y las desdoblaba y leia, sus fuerzas flaqueaban, su voz balbuceaba, lágrimas amarguísimas caian de sus ojos, sollozos profundos anudaban su garganta, hasta que, al fin, temeroso de desmayarse, entregó á otro cardenal el escrutinio, y yéndose á un sitio apartado, cubrióse con ambas manos el rostro. Al término obtuvo los treinta y siete votos indispensables á su proclamacion. Ántes de que oficialmente se viera proclamado, dirigióse uno á uno á los cardenales, y les pidió, les rogó, les instó á que apartasen de sus labios aquel cáliz. Parecia anunciarle secreto presentimiento que él habia de ser último rey en el trono temporal de San Pedro. El cónclave no quiso oirle, y le confirmó en su altísima dignidad. Pío IX aceptó, y despues de haber aceptado, postróse de hinojos ante un altar, y salmodió entre dientes várias fervorosas oraciones por espacio de media hora, despues se volvió al Sacro Colegio, y el Espíritu Santo vino á posarse sobre aquella cabeza como su nido en la tierra.

Busca el poder siempre en épocas de decadencia á los caractéres de escaso temple, á los indecisos, y sobre todo á los que han pasado su vida en una especie de crepúsculo, sin determinarse por ninguna de las ideas en guerra. Inocencio III en época favorable al Pontificado, á su poder y á su autoridad, dominará con imperio sobre el mundo; pero en época desfavorable á este mismo poder, la fuerza, el carácter de Inocencio, reproducido en Bonifacio VIII, solamente servirá para atraer sobre la mejilla del Pontificado el ruidoso bofeton de Nogaret. Débil, oscuro, su debilidad, su oscuridad sirvieron á Mastai como su apartamiento de los grandes combates que habian dividido en mil ocasiones el Sacro Colegio y el cónclave. Su vida habia sido muy vária. De la milicia armada pasó á la milicia espiritual. Su estancia en Chile fué digna de un profeta, digna de un mártir. Pero sus ideas habian quedado siempre en la incertidumbre del crepúsculo. Si se examinaba su conducta en Espoleto, Pío IX era un jesuita; pero si se examinaba su conducta en Imola, Pío IX era un liberal. Esta contradiccion de ideas y de carácter le sirvió admirablemente para obtener los sufragios de sus colegas y elevarse á la más alta autoridad religiosa que puede en nuestro tiempo ejercerse, y que, á pesar de tanta decadencia, todavía conserva señales de su antiquísimo esplendor.

El cardenal Mastai, si deseó la tiara, no la pidió á sus colegas. Ni una súplica que no fuera para eximirse, ni una palabra que no fuera de renuncia y de alejamiento. Así no es mucho que algunos hayan comparado á Pío IX con Sixto V. Relaciones hay entre los predecesores de ambos Papas: rivalidades en Roma, y rivalidades temibles del embajador de Francia con el embajador de España; emulacion dentro del Sacro Colegio, y emulacion casi guerrera entre la familia Médicis y la familia Farnesio; inquietud é inquietud pavorosa en toda Italia; particularidades que, si tienen coincidencias y analogías con las particularidades de la eleccion del Papa reinante, no llegarán nunca á confundir dos caractéres verdaderamente contradictorios y opuestos, porque es el uno imperioso hasta constituir un cesarismo pontificio, y el otro humilde hasta ser dócil instrumento, quizá contra su voluntad, de todos modos contra su conciencia, del siniestro jesuiticismo.

Sixto V subió al trono cuando espiraba el Renacimiento y venía la gran reaccion católica; Pío IX cuando espiraba la reaccion de la Santa Alianza y volvia el mundo á las ideas revolucionarias. En la eleccion de Pío IX, como en la eleccion de Sixto V, triunfó el cardenal que ménos probabilidades tenía de triunfar. Ninguno de sus colegas habia pensado en ellos al entrar; y aunque Pío fué elegido por simple mayoría y Sixto por unanimidad y adoracion, ambos vinieron á pacificar guerras del cónclave romano y rivalidades de la política europea. Pero aquí concluyen las analogías.

Sixto V se habia educado en las montañas y Pío IX en la córte; Sixto era hijo de un jardinero y Pío hijo de un noble; Sixto habia tomado en su mocedad, casi al salir de la infancia, el hábito de monje, y Pío el uniforme de soldado; la juventud del uno corrió en el retiro y en el claustro, la juventud del otro en la sociedad y en el mundo; era el antiguo Papa de una familia puramente eslava, que se refugió en las costas del Adriático huyendo de los turcos; es el Papa actual de una familia puramente italiana, que desde el modesto oficio del comercio al por menor se elevó hasta la dignidad nobiliaria, por enlaces, por ardides políticos y hasta por empresas guerreras; predicador Sixto V, su elocuencia tenía el temple de su carácter, abundante pero viril y ruda; predicador Pío IX, su elocuencia es tambien abundante, pero melodiosa y melíflua; la idea de autoridad embargó el ánimo del gran Papa antiguo, y el hábito de la servidumbre es el carácter esencialísimo del Papa reinante, implacable ante todos los poderes, intransigente con todos los reyes cuando á sus ideas se oponen, y sometido por completo hoy, despues de algunas veleidades liberales, á las camarillas de los reaccionarios y de los jesuitas.

Su madre dió una educacion distinguida al jóven Mastai. Pero enfermedad terrible, la epilepsia, impidió que esta educacion rindiera todos sus frutos. Eran los tiempos de las guerras de Napoleon y de sus victorias, cuando Mastai entraba en la adolescencia, y abrazó la carrera militar. Pero en la carrera militar gustó más de las aventuras que de las batallas, y curó más del color de su uniforme que del brillo de su hoja de servicios. La poesía le gustaba hasta el punto de tomarle todo su tiempo, y en poesía es seguro, dado su carácter, que prefirió Metastasio al Dante. Por fin entró en la Iglesia y se dió al oficio de predicador. Su atractiva figura, su majestuoso aire, sus facciones prominentes, dulcificadas por sonrisa de pura bondad; su complexion impresionable y nerviosa, la sensibilidad un poco enfermiza del temperamento, la viveza de la imaginacion poética, el timbre de voz, la más sonora y la más pastosa que he oido, así cuando entona la misa en San Pedro como la bendicion en el Vaticano; todas estas cualidades le dieron privilegios indudables para orador escuchado y querido de las muchedumbres. Algunos recuerdan todavía sus sermones nocturnos en la plaza pública, medio iluminada por las antorchas, con gran crucifijo á la espalda; sucia calavera sobre la cual se consumia amarilla vela, delante; en las manos, ya las bendiciones, ya la maldicion de la Iglesia, con ademanes verdaderamente trágicos; y en los labios una elocuencia, arrebatadora para el pueblo italiano por su sentimiento y su poesía. Con estas dotes debió brillar extraordinariamente en Chile, donde fué agregado á una legacion apostólica. Pero en Chile no podia su palabra mover los ánimos como en Italia, á causa de faltarle el conocimiento profundo de nuestra lengua y la armonía de nuestro acento. Sin embargo, áun habla el español, y á los oidos españoles suena su acento cómo si fuera puro acento americano. Yo solamente le he oido hablar en latin. Dos grandes diócesis regentó, y en las dos observó diversa conducta. En la primera diócesis desenterró el cadáver de un liberal, con lo que se atrajo el ódio de aquellas comarcas, y tuvo que huir á la primera revolucion que estallára por el año 30 ó 31; pero en la segunda diócesis, tal vez cediendo al influjo de su familia, toda liberal, fué con los liberales tolerante y benévolo. Tales son los rasgos principales de la vida del Pontífice ántes de subir al Pontificado.