Pío IX conserva aún la vaga poesía de sus primeros años. Le gusta el arte como á casi todos los príncipes que se han sentado en el trono de San Pedro. Hay en su conversacion mucha gracia, su en fisonomía mucha dulzura, en su carácter mucha bondad, en su voz mucha música. Pero son de temer sus arrebatos, que le arrastran á resoluciones rápidas, irreflexivas, como la fuga, en 1848, del Vaticano. Algunas veces reconoce que su impetuosidad le ha perdido; pero no se arrepiente, creyendo, con razon, que á nada conducen los arrepentimientos tardíos. En tal trance castígase á sí mismo con dardos de amarga ironía que caen de sus labios sobre su corazon apenado. La ironía, la burla, sobresalen extraordinariamente en la conversacion de Pío, y llegan finamente hasta los objetos religiosos. Un embajador español pretendia en cierta ocasion que le canonizase un santo de su tierra; y para persuadirle hablábale de los muchos milagros que habia el santo obrado. El Papa, por toda respuesta, le dirigió una pregunta: ¿Puso la cabeza sobre los hombros de algun descabezado y le forzó á hablar y á andar de nuevo?—No, Santo Padre, no llegó á tanto.—Pues hé ahí el único milagro que me parece á mí verdaderamente grande, y debo deciros que todavía no he podido verlo.
Como todos los artistas, Pío IX gusta de las grandes emociones. La popularidad y sus triunfos le enajenan. Yo lo he visto radiante de satisfaccion y alegría recoger los homenajes de los católicos enviados por todas las naciones con el extraordinario anhelo con que recogen los pulmones, salidos de atmósfera asfixiante, el aire oxigenado y fresco. Tambien la pompa, el lujo, las tiaras sembradas de brillantes, las capas pluviales llovidas de perlas, las cruces riquísimas, todas estas preseas de su altísimo ministerio le encantan, como á una dama de la alta sociedad sus joyas y sus vestidos. No exageraré yo esta cualidad como la ha exagerado Petruccelli en su retrato de Pío IX; pero sí diré que le he notado feliz cuando las muchedumbres se agolpan á su paso, y las preseas del Pontificado lucen sobre su majestuosa persona. Bien es verdad que las cabezas más firmes se desvanecerian al sentir tantas nubes de incienso, tantas serviles alabanzas, las legiones de obispos que le rodean, la córte oriental que le realza, los coros que cantan sus loores, las infinitas músicas que llenan los aires en su elogio de armonías, los peregrinos venidos de las más apartadas regiones para recibir el eco de una palabra, el gesto de una bendicion, el dibujo fugaz de una sonrisa, los infinitos homenajes que hacen del solitario viejo del Vaticano, más que un mortal privilegiado y aparte, un Dios vivo sobre la faz de la tierra.
Herir al mundo con grandes atrevimientos en la esfera religiosa y política, fué siempre su anhelo; dejar un nombre ilustre entre los nombres ilustres del Pontificado, su ambicion. Mayor empresa que reconciliar el Evangelio con la libertad no la habia, no. Tornaba á ser Cristo el tribuno de los pueblos, el consuelo y la esperanza de los oprimidos. Los clavos de su cruz, las espinas de su corona, la hiel de su cáliz, dejaban de ser blason de los poderosos para convertirse en verdadera enseña de los humildes. La democracia recibia en su frente el bautismo cristiano, y el cristianismo tomaba el carácter de gran proemio al movimiento democrático de este siglo. Estremecimientos de alegría pasaron á un tiempo, así por el corazon de las gentes piadosas, como por el corazon de las gentes liberales. Para aquéllas, imposible dudar de la perennidad de una creencia compatible con todas las transformaciones de las ideas y con todo el desarrollo del espíritu moderno. Para éstas, la libertad, que necesita frenos morales ántes que frenos materiales, tenía un seguro rigorosísimo en el espíritu evangélico, un contrapeso espiritual á los peligros que podrian engendrar sus excesos. El pensamiento de reconciliar el Evangelio con la libertad era un gran pensamiento. Mas si Pío IX concibe los grandes pensamientos con facilidad, tambien los abandona al primer obstáculo; y en cuanto encontró á la libertad obstáculos, cedió en sus trabajos por la libertad; ¡grande error! Renunciar á la libertad porque la libertad puede engendrar excesos, ¡ah! sería como renunciar al aire porque el aire engendra vientos y huracanes.
Los obstáculos que temia Pío IX eran principalmente los obstáculos suscitados en su córte y en sus cortesanos. Así es que para sus ensayos liberales no halló á su alrededor nada más que dificultades, y para sus ensayos de reaccion religiosa, facilidad y auxilio. Los jesuitas, que le juráran guerra á muerte, se pusieron á sus órdenes y rodearon su trono. La reaccion europea, que no le perdonó la gran política de 1847 y 1848, le entregó la direccion de su pensamiento y de su conciencia. El Papa se elevó á ser el capellan mayor de la Santa Alianza. Pero sus ambiciones eran mayores. Sus ambiciones eran fundar nuevos dogmas, traer mayor suma de ideas divinas á la Iglesia, y de piedad exaltada á los fieles; contrastar con negaciones rotundas el espíritu democrático y progresivo; reunir concilios ecuménicos á manera de los tiempos piadosos; crear una autoridad en la cima de la Iglesia, y un absolutismo sobre las conciencias que no haya tenido precedente en los siglos pasados, ni tenga igual en los siglos futuros. Hé ahí el pensamiento de Pío IX.
Se comprende que intentára compensar la derrota sufrida en la esfera política con una victoria alcanzada en la esfera religiosa. Mas para alcanzar esta victoria necesitaba reforzar las ideas religiosas en el espíritu del siglo, porque fuera del espíritu de este nuestro siglo no pueden vivir, no, las ideas. Una ilustre escuela teológica habia existido en Italia, que trataba de armonizar la religion con la razon, la providencia con la libertad, la democracia moderna con el antiguo pontificado, la ley natural con la ley revelada, en una palabra, el catolicismo con el progreso. Un sacerdote ilustre, de talento quizá tan profundo como Santo Tomás y de igual entusiasmo por una sociedad teocrática, en que la direccion del mundo estuviera confiada á fuerzas morales y á ideas teológicas, contó con lágrimas en los ojos y sollozos en la voz todas las llagas de la Iglesia. Esa separacion entre el pueblo y el clero, á causa de la lengua muerta que el clero habla; ese aislamiento de la sociedad religiosa, que florecia cuando el sufragio popular y la libre asociacion la sustentaban; esa servidumbre á los poderes civiles que han convertido el puro espíritu cristiano en dócil instrumento de tiranía arriba, de vasallaje abajo; esa tenacidad de los clérigos en cerrar su conciencia á la luz de las nuevas ideas y su ánimo á la consideracion de las nuevas transformaciones sociales; todo este profundo malestar de la Iglesia fué admirablemente concebido, dicho; y llegó hasta la córte pontificia, siempre cerrada á la voz del espíritu moderno.
Otro sacerdote, no ménos grande, aunque más político, habia querido sacar á la Iglesia del estado de secta para elevarla al ideal verdadero de la humanidad. Segun este sacerdote, la razon y la revelacion vienen á ser idénticas; el catolicismo, universal, no sólo por lo que tiene de divino, mas tambien por lo que tiene de humano; la palabra evangélica y la idea moderna, unas en esencia; la causa del divorcio entre la Iglesia y el siglo, la mala inteligencia traida ántes por la conducta del clero que por las trastornadas ideas de la revolucion. Para este sacerdote elocuentísimo habia que oponer á los males de la Iglesia enérgicos remedios: al poder temporal, la separacion de la vida civil y la vida eclesiástica; á la educacion reaccionaria del clero, una educacion científica; al jesuitismo, que tiene larga serie de resortes mecánicos y utilitarios para mover al hombre, la pura conciencia moral que le dirige hácia la perfeccion absoluta; á la predicacion por los principios antiguos, la predicacion verdaderamente evangélica, en los oidos de la muchedumbre y en el seno de la naturaleza, tomando las ideas en la fuente viva de la conciencia moral, y esparciéndolas como rocío vivificador sobre todos los espíritus, para llevarlos á una transformacion religiosa, análoga á la que produjo en el mundo la primera aparicion del cristianismo.
Como algunos hombres imbuidos de racionalismo contestáran que la reconciliacion era imposible, á causa de la incompatibilidad entre la ciencia moderna y el milagro de la Edad Media, entre la razon y la revelacion sobrenatural, respondia el filósofo que tal sentir dimanaba de una falsa concepcion del milagro y la profecía, de considerarlos como hechos reales, sucedidos, históricos, cuando vienen á ser símbolos de sistemas por venir, de períodos palingenésicos en la vida sucesiva del espíritu y del planeta. Y lo que en realidad quieren decir los milagros y las profecías, es la llegada de una época, en que la revelacion natural y la revelacion religiosa se confundan, como se confundirán la rápida y casi milagrosa intuicion con la madura y profunda reflexion; como se confundirán lo sensible con lo inteligible, siendo cada una de nuestras sensaciones un pensamiento; como se confundirán por lo perfecto del lenguaje la idea con la palabra, á la manera que en el Verbo, por su encarnacion en nuestro sér, se confundió la naturaleza divina con la humana naturaleza.
Cuando una religion se divorcia de su tiempo y de los progresos de su tiempo ¡ay! perece. Es imposible que se armonicen siglo liberal y religion autoritaria; siglo democrático y religion absolutista; siglo que se inspira en la conciencia viva y religion que se inspira en las tradiciones muertas; siglo de derechos y religion de jerarquías; siglo que se abre á todas las ciencias y religion que se cierra á cuanto no sea teológico: en tal estado, en crísis tan pavorosa y suprema, ó los pueblos se petrifican, como se ha petrificado el pueblo árabe por no modificar su fatalismo, ó las religiones desaparecen, como desapareció la religion pagana cuando no pudo extinguir, á causa de su carácter sensual, la sed espiritualista despertada en el alma humana, ya por tristes desgracias y desengaños, ya por las ideas sublimes de su inmortal filosofía.
¡Qué grande hubiera sido Pío IX, si al sentir que su ministerio religioso era incompatible con toda autoridad política, con todo poder político, abdica esta autoridad, abdica este poder, cambia la púrpura de los césares por la toga de los tribunos; renueva en el más exaltado idealismo la fe de su tiempo; organiza evangélicamente la Iglesia de Cristo; reune los pueblos en asambleas religiosas; vibra sus rayos sobre el poder de los déspotas y el orgullo de los aristócratas y la avaricia de los ricos; llama el esclavo al derecho, el oprimido á la libertad, el desheredado á la vida; evoca la resurreccion de Italia, la resurreccion de Polonia; envia los misioneros del espíritu contra la nueva sensualidad pagana, contra el empedernido egoismo de las clases gobernantes; y sostiene con profunda conviccion que la libertad, la igualdad, la fraternidad, no han de ser solamente fórmulas evangélicas, sino tambien verdades sociales, capaces de engendrar una nueva tierra y extender sobre ella nuevos cielos de luz bendita y perenne! Entónces sí que hubiera podido celebrar la pascua del espíritu moderno; entónces sí que hubiera podido levantar su voz con acento de himno triunfal; entónces sí que hubiera podido ver á las puertas de las iglesias de la Edad Media el ángel vestido de blanco y resplandeciente de hermosura, que las santas mujeres vieron al borde del sepulcro, anunciando que Cristo no estaba allí, que Cristo habia verdaderamente resucitado: Resurrexit, non est hic.
La prueba de cuanto hubiera podido hacer con estos grandes medios se encuentra en lo que hizo con medios pobres, con reformas tímidas, con ligeros, ligerísimos paliativos. Una amnistía que reclamaba la fórmula servil de prévio juramento; una comision nombrada para estudiar las reformas indispensables; una cámara consultiva que se componia de un representante por cada provincia, á propuesta en terna del legado y eleccion del Pontífice; un consejo de cien miembros que deberian dar un senado de nueve: todos estos tímidos anuncios de renovacion social despiertan á Italia; imponen códigos liberales á príncipes reaccionarios como el de Módena y el de Parma; abren á Sicilia las puertas de su calabozo; derraman aliento de libertad por los emponzoñados aires de Nápoles; obligan á los extranjeros á retirarse de Ferrara ante una protesta pontificia; arman el brazo de Cárlos Alberto por la causa de la independencia; derriban á Guizot en París y á Metternich en Viena; producen los cinco dias de Milan, que son cinco dias de redentor martirio; levantan entre los espejismos de las deslumbradoras lagunas el alma muerta de Venecia; transforman con la nueva fe los corazones más cerrados á todo sentimiento religioso; infunden su antiguo valor á los italianos, y en pocos dias, de los cien mil austriacos enviados á oprimir su patria, cuatro mil son cadáveres, veintisiete mil heridos ó inútiles, los demas dispersos: que vagas palabras de libertad proferidas desde las alturas del Vaticano habian como derramado nueva sangre por las venas, nueva idea por la conciencia de la ántes aletargada Europa. Las campanas que tocáran á la oracion, sabian tambien tocar á rebato contra la tiranía.