Pero en este momento supremo. Pío IX se acordó de que era Papa, y Papa á la antigua usanza. En una guerra entre los austriacos y los italianos, aunque todo el derecho estaba de parte de éstos y toda la sinrazon de parte de aquéllos, el Papa sintió que unos y otros eran católicos. Al mismo tiempo que el rey de Nápoles abandonaba la causa italiana por tristes competencias territoriales, por el logro de un botin pendiente aún del empeño de las armas. Pío IX helaba la sangre en las venas de su nacion, negándose á mandar refuerzos y á bendecir los combatientes por la más santa de las causas, por la causa de Italia. Y luégo convocó las potencias católicas, les pidió su auxilio, les señaló el camino de Roma, las vió impasible destruir los grandes monumentos, inmolar los piadosos católicos; y entre ruinas y cadáveres volvió á sentarse en el trono terrenal, mantenido por las bayonetas de las legiones extranjeras.
Desde el dia en que volviera Pío IX de la proscripcion á Roma, en hombros de extranjeras legiones, no podia representar el espíritu evangélico de los primeros cristianos, sino el espíritu teocrático de los antiguos pontífices asiáticos. Y todavía no saben los que profesan con fe y sinceridad la religion cristiana, cuánto podrian conmover al mundo aliándola con la libertad. En la historia moderna ha sucedido que los católicos puros detestáran la libertad, miéntras los llamados liberales católicos cayeran en la herejía, sin haber logrado ni unos ni otros reconciliar el espíritu de nuestro siglo con la religion de nuestros padres. Y el antiguo y el nuevo Testamento guardan tradiciones republicanas.
Sabido es que en la organizacion de la tribu ilustre de Judá representaban los reyes la confusion de las tradiciones mosáicas con las ideas y los ritos de los demas pueblos, en tanto que el profeta representaba con el austero vigor republicano, la idea pura de Israel. Lo repito; puede la moderna elocuencia tribunicia sacar acentos republicanos de las Sagradas Escrituras, como los sacaron aquellos fundadores de la democracia americana, cuyo renombre, á manera de todas las glorias sólidas, se aumenta con los siglos.
El pueblo de Israel pidió rey, y Dios quiso negárselo. Una y otra advertencia les dirigió á los suyos el Dios de Abraham por boca de Samuel. Un rey sólo servirá para oprimiros y para deshonraros; para haceros sus soldados, sus palafreneros y sus lacayos; para escupir su saliva á vuestra frente y mezclar su hiel en la levadura de vuestro pan; para convertir los hijos de Israel en sus bestias de carga, á fin de que le forjen así los instrumentos de guerra, como los instrumentos de labranza, y cultiven sin descanso en provecho regio, con sudor los campos de trigo, con sangre los campos de batalla. Él se llevará vuestras hijas para que le diviertan, y le perfumen, y le embriaguen con sus besos y le hechicen con sus cánticos; vosotros sembraréis, y él segará; vosotros plantaréis, y él cosechará; vosotros trabajaréis, y él gozará; vuestros campos le servirán para granjearse á sus cortesanos, y vuestras vendimias para emborrachar á sus eunucos. Vuestros ganados le pertenecerán, y vosotros mismos no pasaréis jamas de ser, bajo su cetro, un rebaño de siervos.
La emocion que una voluntariedad liberal de Pío IX ha producido en el mundo, prueba hasta qué punto las ideas progresivas descenderian sobre las conciencias de las muchedumbres si las difundiese la Iglesia. Pero ¡ah! el corazon se entristece cuando siente que si el Papa elevára su voz contra los reyes, la elevaria en nombre de principios más reaccionarios que los principios monárquicos, en nombre de aquella teocracia, cuya tutela rompió Europa en cuanto comenzára á dibujarse la vida civil y á madurar la razon humana. Esas monarquías son hoy odiosas, porque no corresponden al estado de nuestra civilizacion y cultura, á la esencia misteriosa del espíritu moderno; pero una de las causas de la supervivencia de esas instituciones, una de las causas primeras es el ataque tremendo que dieran á la teocracia, al predominio político del elemento sacerdotal sobre las sociedades humanas. Miéntras la monarquía creaba estos principios civiles, parapetábase la teocracia tras sus privilegios religiosos, y persistia en tener esclavizada la inteligencia. Por eso los reyes viven, porque lucharon con los Papas, porque disolvieron los templarios, porque expulsaron los jesuitas, porque opusieron á la vida teocrática la vida civil. La voz del Pontífice cuando combate la libertad de los pueblos modernos, la independencia de Italia, la secularizacion de las sociedades europeas, ¡ah! es una voz de las tumbas, que se pierde en el espíritu independiente del siglo décimonono, cuya conciencia jamas, jamas transigirá con la teocracia, con ese espectro de la Edad Media.
El hombre, capaz de soñar la con restauracion pontificia, así en contra de los reyes como en contra de los pueblos, ¡ah! es el cardenal Antonelli, á quien yo por vez primera vi el Domingo de Ramos de 1866 en la Basílica de San Pedro. Á un guardia noble, que á mi lado se encontraba, preguntéle por el cardenal, y le dije que me lo mostrára al pasar. Trasladóme con amabilidad, cuyo recuerdo áun obliga mi gratitud, de un lado á otro, para colocarme entre la fila de soldados, delante de la cual forzosamente habia de detenerse el vicario del vicario de Cristo. Cierto frances, que cerca de mí estaba, acompañado de finísima é inteligente señora, asocióse á mi deseo de escudriñar la fisonomía del cardenal, desde aquel sitio adonde le llevára ó la casualidad ó el instinto. Era muy comunicativo el frances, y hacía sobre todo miles de observaciones, graciosas unas, impertinentes otras, excesivas todas, que moderaba la señora, su compañera, con grande oportunidad. Aquel charlatan tenía un ídolo en literatura, Enrique Heine, y un ódio en política, el cardenal Antonelli.
El dia era caluroso, á pesar de ser uno de los primeros de Abril, y mi interlocutor, que acababa de atravesar jadeante la gran plaza de San Pedro, decia, limpiándose el sudor: «¡Qué calor fuera, y qué fresco dentro de la Basílica! Tiene razon Heine; cuando en dias estivales y sofocantes como éste acertais á entrar en una catedral, no podeis ménos de decir: ¡qué bella religion de verano es el Catolicismo! Al venir hácia aquí, me encontré un campesino apaleando á bíblico asno, y le dije al pobre animal, acordándome de Heine: padece, padece, que por eso comieron tus padres cebada prohibida en el paraíso. Y eso que Roma no puede compararse con el paraíso descrito por el gran poeta, donde los girasoles dan pasteles, y las aves van á buscaros ya asadas y aderezadas con la salsera en el pico.»
Yo, al oir toda aquella garrulería, dicha con los ojos puestos en mí, contrastada sólo por los tirones de manga que la señora propinaba al impío, traté de mudar la conversacion, y le dije:
—¿Conocéis personalmente al cardenal Antonelli?
—No le conozco personalmente, pero me lo figuro. Moralmente lo sé de memoria, por haber leido á Liverani.