Tenemos la respuesta, por una parte en la observación hecha más atrás sobre la libertad asegurada por el socialismo a todos los individuos —y no sólo a pocos privilegiados o afortunados como ahora— para afianzar y desarrollar su propia personalidad. El efecto de la lucha por la vida será entonces, verdaderamente, la supervivencia de los mejores, justamente porque en un ambiente normal la victoria está asegurada a los individuos más normales. Y entonces el darwinismo social no hará sino continuar y hacer más fecundo en bienes el darwinismo natural.
Pero, por otra parte, y contra la afirmación de una indefinida selección aristocrática, es preciso recordar otra ley natural que viene a completar ese ritmo de acciones y reacciones que determina justamente el equilibrio de la vida.
Es necesario agregar a la ley darwiniana de {50} las desigualdades naturales, la correlativa e inseparable de ella, que después de Morel, Lucas, Galton, De Candolle, Ribot, Spencer, Madame Royer, Lombroso, etc., fue puesta en su mayor evidencia por Jacoby.
La misma naturaleza que hace de la «selección» y de la elevación aristocrática una condición de progreso vital, restablece en seguida el equilibrio con una ley niveladora y democrática.
«De la inmensidad humana surgen individuos, familias, razas que tienden a elevarse sobre el nivel común; trepan por las alturas escarpadas, llegan a la cumbre del poder, de la riqueza, de la inteligencia, del genio, y una vez llegados se precipitan abajo y desaparecen en los abismos de la locura o de la degeneración. La muerte es la gran niveladora; aniquilando todo cuanto se eleva, democratiza la humanidad».
Todo lo que tiende a constituir un monopolio de las fuerzas naturales, choca contra la ley suprema de la naturaleza que ha dado a todo viviente el uso y la disposición de los agentes naturales: el aire y la luz, como el agua y la tierra.
Todo lo que se aleja muy abajo o muy arriba del término medio humano —que varía elevándose de época en época, pero que tiene valor absoluto en cada momento histórico—, no es vivaz, y se apaga.
{51} Tanto el cretino como, el genio, el hambriento como el millonario, el enano como el gigante, son monstruos naturales o sociales, y la naturaleza los hiere inexorable con la degeneración o la esterilidad. Estirpes aristocráticas, dinastías de soberanos, familias de genios artísticos o científicos, prole de millonarios . . . todas siguen la ley común que viene a confirmar las inducciones, igualitarias en ese sentido, de la ciencia y del socialismo.
* * * * *