Porque así como a la metafísica del individualismo corresponde el artificialismo jacobino, unificador y uniformador, así a la positividad del socialismo corresponde el concepto del federalismo nacional e internacional.

{59} Como el organismo de un mamífero no es más que una federación de tejidos, de órganos, de aparatos, el organismo de una sociedad no puede ser sino una federación de comunas, de provincias, de regiones, y el organismo de la humanidad una federación de naciones.

Y como sería absurdo concebir un mamífero que debiera mover por ejemplo la cabeza uniformemente con las extremidades y éstas todas juntas, así también es absurda una organización política y administrativa en la que, por ejemplo, la última provincia del norte o de la montaña, debiese tenerlos mismos engranajes burocráticos, la misma red de leyes, los mismos movimientos de la última provincia del sur o de la llanura, por amor a la simétrica uniformidad que es la expresión patológica de la unidad.

Dejando de lado estas consideraciones políticas —según las cuales, como he dicho en otra parte, la única organización posible para Italia como para cualquier otro país, me parece ser la unidad política en el federalismo administrativo—, queda evidenciado que al final del siglo XIX, el individuo como entidad estante por sí, se encuentra destronado en el campo de la biología y en el de la sociología.

{60} El individuo existe; pero sólo en cuanto forma parte de un compuesto social.

Robinson Crusoe —la genuina expresión del individualismo— no puede ser sino una leyenda o un caso patológico.

La especie —esto es, el compuesto social— es la grande, viva y eterna realidad de la vida, como lo ha demostrado el socialismo y como lo confirman todas las ciencias positivas, desde la astronomía hasta la sociología.

Así, mientras al final del siglo XVIII Rousseau decía que sólo el individuo existe, y que la sociedad es un producto artificial del «contrato», y añadía —atribuyendo (como antes Aristóteles al hablar de la esclavitud) carácter humano permanente a las manifestaciones transitorias del momento histórico de putrefacción del antiguo régimen en que él vivió— que la causa de todos los males era la sociedad, pues todos los individuos nacían buenos e iguales; así, por el contrario, al fin del siglo XIX todas las ciencias positivas están acordes en decir que la sociedad, el compuesto, es un hecho natural e invencible de la vida, así en las especies vegetales como en las animales, desde las primeras «colonias animales» (zoófitos), hasta la sociedad de las mamíferos (herbívoros) y del hombre.

{61} Y todo aquello que el individuo tiene de mejor en sí, lo debe justamente a la vida social, por cuanto cada fase de evolución está caracterizada por condiciones patológicas y finales de putrefacción social que son, sin embargo, esencialmente transitorias y preludian fatalmente un nuevo ciclo de renovación social.

Si el individuo pudiera vivir como tal, viviría obedeciendo a una sola de las dos necesidades e instintos fundamentales de la existencia: la alimentación —esto es, la conservación egoísta del organismo propio, mediante esa primordial función que ya Aristóteles señalaba con el nombre de ctesis—, de conquista de la comida.