Pero todo individuo debe vivir en sociedad, justamente porque se le impone la segunda necesidad e instinto fundamental de la vida, la reproducción de seres semejantes a él, para conservación de la especie, y de esa vida de relación y reproducción (sexual y social) es que nace precisamente el sentido moral o social, por el cual aprende el individuo no solo a existir sino a coexistir con sus semejantes.
Puede decirse, pues, que estos dos instintos fundamentales de la vida —pan y amor— llenan una función de equilibrio social en la vida de los animales, y especialmente del hombre.
{62} El amor es, para el mayor número de los hombres, la principal dispersión fisiológica y primera de las fuerzas acumuladas, más o menos abundantes, con el pan cuotidiano, y economizadas en la diaria labor, o que han quedado intactas en la parasitaria ociosidad.
El amor es el único goce que tenga verdaderamente carácter universal e igualitario, tanto que el pueblo lo llama «el paraíso de los pobres», que, precisamente, son empujados por la religión a gozar de él sin limitación alguna —crescite et multiplicamini— porque el agotamiento erótico, sobre todo en el macho, mientras aminora o hace olvidar las torturas del trabajo o del hambre servil, enerva también la energía de la constante organización, y tiene por lo tanto una función útil a la clase dirigente.
Sin embargo, así como a este efecto del instinto sexual corresponde ineludiblemente el otro, de aumento de población, así la inmovilización de un orden social dado, es frustrada justamente por la presión de la población que en nuestro siglo se acentúa por el fenómeno característico del proletariado, y la evolución social procede por lo tanto, inexonerable y fatal.
Volviendo al argumento: de todas maneras es innegable que, mientras al final del siglo XVIII {63} se creía que la sociedad era hecha para el individuo —y de esto podría derivar como repercusión imprevista quizás, que millones de hombres pudiesen y debiesen vivir trabajando y sufriendo a beneficio de unos pocos individuos—, al fin del nuestro las ciencias positivas han demostrado que es el individuo el que vive para la especie, siendo ésta sola la realidad eterna de la vida.
De donde brota evidente toda la dirección del pensamiento científico moderno en el sentido sociológico o socialista, contra el exagerado individualismo, que dejó como herencia el siglo pasado.
Es verdad que la biología demuestra que no debe caerse en el opuesto extremo —en que caen algunas escuelas de socialismo utópico y de comunismo— de no ver después más que la sociedad, para olvidar completamente al individuo. En efecto, es otra ley biológica que la existencia del compuesto es la resultante de la vida de todos los individuos, como la existencia de un individuo es la resultante de la vida de las células de que se compone.
Pero de todas maneras queda demostrado que el socialismo científico que señala el fin de nuestro siglo y será el alba del siglo XX, está en acuerdo perfecto con la dirección del {64} pensamiento moderno, hasta en el punto fundamental del predominio dado a las exigencias vitales de la solidaridad colectiva y social, ante las exageraciones dogmáticas del individualismo, que señala un poderoso y fecundo despertar a fines del siglo pasado, pero que a través de las manifestaciones patológicas de la desenfrenada competencia, toca fatalmente a la explosión «libertista» del anarquismo que predica la acción individual con olvido completo de la solidaridad social y humana.
Y así es como se llega al último punto de contacto y de íntima conexión entre darwinismo y socialismo.