En efecto, el esclavo antiguo era propiedad {105} absoluta del patrono, del hombre libre, y estaba condenado a una vida casi bestial; pero entretanto el patrono tenía interés, por lo menos, de asegurarle el pan cuotidiano, puesto que el esclavo formaba parte de su patrimonio, como los bueyes y los caballos.
Y el siervo de la gleba en la Edad Media, tenía en compensación ciertos derechos de costumbre, que lo arraigaban a la tierra y le aseguraban cuando menos —excepto en los casos de escasez— el pan de cada día.
Por el contrario, el asalariado libre del mundo moderno, está siempre condenado a un trabajo inhumano por su duración y calidad (y al cual se debe justamente la parcial reivindicación socialista de las ocho horas, que cuenta ya muchas victorias y está destinada a un triunfo seguro); pero no teniendo ninguna relación jurídica permanente ni con el propietario capitalista ni con la tierra, carece de toda seguridad de tener el pan cuotidiano, porque el propietario no tiene ya interés en alimentar y sostener a los trabajadores de su fábrica o de su campo, puesto que no sufre diminución alguna en su patrimonio, ni por su muerte ni por sus enfermedades, gracias a la fuente inagotable de proletarios que la falta de trabajo le ofrece en el mercado.
{106} Y he ahí cómo —no porque los propietarios de hoy sean más perversos que los de la antigüedad, sino solamente porque también los sentimientos morales son productos de la condición económica— si en el establo se enferma un buey, el propietario o su administrador llama al veterinario inmediatamente, para evitar la pérdida de un capital; mientras que si se enferma el hijo del boyero no se da tanta prisa para llamar el médico.
Verdad es que puede existir, como excepción más o menos frecuente, un propietario de buen corazón que desmienta esta regla, máxime cuando vive en contacto cuotidiano con los trabajadores; como no se niega que el espíritu de beneficencia tenga manifestaciones frecuentes y más o menos ruidosas —aun fuera del charity sport— por parte de las clases ricas que así también atenúan la voz interna del desagrado moral que la invade, pero la regla inexorable es ésta: en la forma de industrialismo moderno el trabajador ha conquistado la libertad política de voto, de asociación, etc. (de que se le deja gozar mientras no demuestre hacer uso de ella para formar un partido de clase que se encamine al punto substancial de la cuestión social), pero ha perdido la seguridad del pan y del domicilio cuotidiano.
El socialismo quiere llegar a esa seguridad para {107} todos los hombres —y demuestra su matemático positivismo con la sustitución de la propiedad social a la propiedad individual de los medios de producción— pero no por esto el socialismo ha de suprimir todas las conquistas útiles y realmente fecundas de la presente y de las anteriores fases de civilización.
Véase un ejemplo característico: la invención de tantas máquinas industriales y agrícolas, que es una aplicación genial de la ciencia a la transformación de las fuerzas naturales, y que por lo tanto, no debería ser sino fecunda en bienes —elevando el trabajo a dignidad humana, desde la abyección y postración de trabajo bestial— ha ocasionado y ocasiona, sin embargo, la miseria y la ruina de millares de trabajadores que, por reducción de personal sustituido por el trabajo de las máquinas, son inevitablemente condenados a las torturas de la desocupación, o a la ley de hierro del salario mínimo, que apenas basta para no morir de hambre aguda.
Y la primera e instintiva reacción de esos desventurados ha sido y es, en muchos casos, destruir las máquinas, maldiciéndolas como instrumento de perdición inmerecida y sangrienta.
Pero destruir las máquinas sería, realmente, un regreso puro y simple a la barbarie, y el {108} socialismo no lo quiere, el socialismo que representa una fase más elevada de la civilización humana.
Así es, entonces, que el socialismo es el único que da a la dolorosa dificultad una solución que no puede darle el individualismo económico, que continúa siempre aplicando nuevas máquinas, porque tal es la tendencia irresistible del capitalista.