Y la solución es que las máquinas se constituyan en propiedad colectiva o social. Entonces es evidente que su único efecto será disminuir la suma total de trabajo y de esfuerzo muscular para producir una suma dada de artículos, y por lo tanto se disminuirá la parte diaria de trabajo de cada obrero, y su existencia se elevará cada vez más a la dignidad de criatura humana.

Este efecto se produce ya parcialmente, por ejemplo, en aquellos lugares donde diversos pequeños propietarios se unen en sociedad para la adquisición, de una trilladora a vapor, por ejemplo y se la prestan por turno. Si se unieran también a los pequeños propietarios, en grande y fraternal cooperación, los obreros y los labradores (y esto sucedería sólo cuando la tierra fuese de propiedad social) y las máquinas fueran, por ejemplo, de propiedad municipal, como lo son las {109} bombas de incendio y se cediesen para el uso sucesivo de los trabajos campestres, es evidente que esas máquinas no producirían ninguna repercusión dolorosa y de miseria, sino que serían bendecidas por todos los hombres, por el mero hecho de ser propiedad colectiva.

Como el socialismo representa una fase más elevada de la evolución humana, no eliminaría, pues, de la fase presente, sino los productos infecciosos del excesivo individualismo económico actual, que crea por una parte los millonarios o los arrendatarios que se hacen millonarios en pocos años robando los dineros públicos —en una forma más o menos prevista por el Código Penal— y por otra parte, forma una acumulación gangrenosa de miserables criaturas en las bohardillas infectas de las grandes ciudades, o en las cabañas de paja y barro, que copian a las cabañas australianas en la Basilicata, en el Agro Romano o en el valle del Po.

Ningún socialista consciente ha soñado jamás en negar los grandes méritos de la burguesía para con la civilización humana, o de deslucir las páginas de oro por ella escritas en la historia del mundo civil con las epopeyas nacionales y las maravillosas aplicaciones de la ciencia a la industria y a los comercios ideales y mercantiles entre los pueblos.

{110} Esas son conquistas irrevocables del progreso humano, y el socialismo no sueña renegar de ellas ni suprimirlas, y tributa la justa admiración agradecida a los pioneers generosos que las han iniciado y realizado. Del mismo modo, por ejemplo, ni soñaría en destruir o en negar su admiración a un cuadro de Rafael o a una estatua de Miguel Ángel, sólo porque éstos transfiguraron y eternizaron con el arte las leyendas religiosas.

Pero el socialismo ve en la presente civilización burguesa, llegada a su pendiente final, los síntomas dolorosos de una disolución irremediable, y afirma que es necesario librar al organismo social del virus infeccioso, no limitándose a la curación sintomática e individualista de este o aquel quebrado, de este o aquel funcionario corrompido, de este o aquel empresario ladrón . . . sino llegando a la raíz del mal, a la fuente innegable de la infección virulenta. Cambiando radicalmente de régimen —con la sustitución de la propiedad social a la individual— es necesario renovar las fuerzas sanas y vitales de la sociedad humana para que pueda elevarse a una fase más alta de civilización, en la que no podrán unos pocos privilegiados vivir la vida del ocio, del lujo, de la orgía en que hoy viven, y tendrán que someterse a una existencia laboriosa y más modesta, pero {111} en que la inmensa mayoría de los hombres elevará la suya propia, a dignidad serena, tranquila seguridad, simpática y alegre fraternidad, en lugar de los dolores, de las ansias, de los rencores presentes.

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Así, opóngase la banal objeción de que el socialismo suprimirá toda libertad, objeción demasiado repetida por aquellos que bajo la capa del liberalismo político ocultan las tendencias más o menos conscientes del conservatismo económico.

Esta repugnancia que sienten muchos en nombre de la libertad —hasta de buena fe—, no es más que el efecto de otra ley de la evolución humana, que Heriberto Spencer formulaba diciendo: todo progreso realizado es un obstáculo a los progresos venideros.

Tendencia psicológica natural, que podría llamarse fetichista, es la que se niega a considerar el ideal logrado y el realizado progreso como un simple instrumento antes que como un ídolo y a tomarlos como un punto de partida para otros ideales y para otros progresos antes que detenerse en la adoración fetichista de un punto de arribo que agote todo otro ideal, toda otra aspiración.