Y ya que, en el mundo moderno, las clases son clara y substancialmente dos, a pesar de sus variedades accesorias —de un lado los trabajadores de cualquier categoría a que pertenezcan, y del otro los propietarios no trabajadores— en las conclusiones prácticas y en la disciplina política, la teoría socialista de Carlos Marx lleva a este resultado evidente: que así como los partidos políticos no son más que el eco y el portavoz de los intereses de clase, así también por más variedades superficiales o metódicas que puedan existir, los partidos políticos no pueden ser substancialmente más que dos: el partido socialista de los trabajadores y el partido individualista de la {164} clase detentadora de la tierra y de los demás medios de producción.
Las diferencias del monopolio económico pueden determinar cierta diversidad de colores políticos: y he dicho siempre que los grandes propietarios de la tierra, por ejemplo, representan las tendencias conservadoras del inmovilismo político, mientras que los detentadores del capital mueble o industrial representan a menudo el partido progresista, naturalmente llevado a las pequeñas innovaciones de forma y superficie, mientras que los detentadores sólo del capital intelectual, profesionales libres y sus similares, pueden también llegar hasta el radicalismo político.
Pero en la substancia vital de las cosas, es decir en la cuestión económica de la propiedad, conservadores, progresistas, radicales, todos son individualistas, carne y médula de la misma clase social, y por lo tanto están substancialmente divididos, a pesar de las simpatías sentimentales pero poco concluyentes, de la clase de los trabajadores y de aquellos que, aun perteneciendo por su cuna á la otra orilla, explícitamente abrazan y defienden el programa político que responde necesariamente a la primordial e imprescindible necesidad económica, esto es, la socialización de la tierra y de los medios de producción, {165} con todas las innumerables y radicales transformaciones morales, jurídicas y políticas, que determinará naturalmente en el mundo social.
Y he ahí, por consiguiente, cómo la vida política contemporánea no puede sino degenerar en el bizantinismo más estéril o en el comercialismo más corrompido, desde que se limita a las batallas superficiales de los partidos individualistas, divididos hoy, solamente, por el calor y la etiqueta formulista, pero de tal modo confusos en sus ideas que a menudo se ven radicales y progresistas menos modernos en las ideas sociales que muchos conservadores.
Sólo con la presentación y el fortalecimiento del partido socialista, es que la vida política se reavivará y saneará, porque —desaparecidas de la escena política las figuras históricas de los patriotas y las razones personales de discusión entre los representantes de las varias gradaciones políticas— será inevitable la formación de ese conglomerado de los partidos individualistas que anuncié en el parlamento italiano en la sesión del 20 de Diciembre de 1893, y cuyos síntomas de formación aumentan cada día.
Y el duelo histórico se empeñará entonces, y la lucha de clase desplegará entonces también, en el terreno político, su benéfica influencia, no {166} en el sentido mezquino de los pujilatos o de los ultrajes, de los rencores o de las violencias personales, sino en el significado grandioso de un drama social que con toda el alma deseamos tenga por la adelantada civilización y cultura, un desenlace sin convulsiones sangrientas, pero que de todos modos está establecido ya por la fatalidad histórica y no es dado ni a nosotros ni a nadie, impedirlo o retardarlo.
Como se ve, estas ideas del socialismo político llevan a esa misma tolerancia personal unida a la intransigencia en las ideas que es, también, efecto de la psicología positiva en el campo filosófico, y por las cuales, mientras podemos tener la mayor simpatía personal por este o aquel representante de la fracción radical del partido individualista (como, por otra parte, para cualquier representante honesto y sincero de cualquier opinión científica, religiosa o política), debemos sin embargo reconocer absolutamente que ante el socialismo no existen los llamados «partidos afines». O de este lado o del otro —o individualistas o socialistas— no hay camino del medio; y he tenido que convencerme cada vez más de que la única táctica útil para la formación de un partido socialista vital, es justamente esa intransigencia de las ideas y ese {167} rechazo de cualquiera de las llamadas «alianzas» con los partidos afines, los que no pueden representar para el socialismo otra cosa que una «falsa placenta» para un feto no viable.
Conservadores y socialistas son productos naturales del carácter individual y del ambiente social, porque se nace conservador o innovador, como se nace pintor o cirujano. Por consiguiente, los socialistas no tienen ningún desprecio ni rencor hacia los representantes sinceros de cualquier fracción del partido conservador, aunque combatan a todo trance sus ideas. Si algún socialista cae en la intolerancia o en el ultraje personal, es víctima de la emoción momentánea o de un temperamento poco equilibrado y sereno; y por lo tanto es muy excusable.
Lo que provoca sonrisa de compasión, es ver a ciertos conservadores «jóvenes de años pero viejos de pensamiento» —porque el conservatismo de los jóvenes, si no es cálculo de ganancia, es indicio de anemia psíquica— tomando cierto aire de suficiencia y casi de compasión hacia los socialistas conservadores cuando más, como «extraviados», sin advertir que si es normal que los viejos sean conservadores, los conservadores jóvenes, salvo pocas excepciones, no son más que egoístas temerosos de perder las ociosas {168} conveniencias de la vida en que han nacido, o las comodidades de grey ortodoxa. Es decir que son, si no microcéfalos, seguramente microcardíacos. El socialista, entretanto, que tiene todo que perder y nada que ganar sosteniendo abiertamente sus ideas, puede oponerles toda la superioridad de su altruismo desinteresado, máxime cuando, nacido de clase aristocrática o burguesa, se aparta de las lisonjas de la vida brillante y ociosa, para defender la causa de los miserables y de los oprimidos.
¡Pero —se dice— estos «socialistas burgueses» lo hacen por amor a la popularidad! Extraño egoísmo, de todas maneras el de aquél que al «individualismo burgués» de los estipendios y de las súbitas ganancias, prefiere el «idealismo socialista» de la simpatía popular, aun cuando ésta no le faltara después por otros caminos y con otros medios que lo comprometieran menos ante la clase que está en el poder.