De todas maneras —y enviando al sugestivo libro de Soria al lector que quiera ver cómo, con esa ley marxista, se explican positivamente todos los fenómenos, desde los mínimos hasta los grandiosos, de la vida social—, me basta por ahora con haberla recordado aquí, porque ella es verdaderamente la teoría sociológica más positiva, más fecunda, más genial que se haya presentado nunca, y por la cual, repito, tanto la historia social en sus más grandiosos dramas, cuanto la historia individual en sus episodios más nimios, obtienen una explicación positiva, fisiológica, experimental —en pleno acuerdo con la orientación, que fue llamada materialista, del pensamiento científico moderno—.
{161} La historia humana tuvo dos explicaciones unilaterales y por lo tanto incompletas aunque positivas y científicas —fuera de las anticientíficas del libre albedrío o de la providencia divina— y son el determinismo telúrico sostenido desde Montesquieu hasta Buckle y Metschnikoff, y el determinismo antropológico, sostenido por todos los etnólogos que limitaron a los caracteres orgánicos y psíquicos de raza la razón histórica de los acontecimientos.
Carlos Marx con el determinismo económico resume y completa las dos teorías haciéndolas verdaderamente psicológicas.
Las condiciones económicas —que son la resultante de las energías y aptitudes étnicas operando en un ambiente telúrico dado— son la base determinante de todas las demás manifestaciones —moral, jurídica, política— en la existencia humana, individual y social.
Tal es la genial teoría marxista, positiva y científica si las hay, apoyada como está por las más seguras indagaciones de la geología y de la biología, de la psicología y de la sociología.
Sólo por medio de ella pueden los filósofos del derecho y los sociólogos, determinar la verdadera naturaleza y las funciones del Estado, el cual, no siendo otra cosa que «la Sociedad {162} jurídica y políticamente organizada», no es evidentemente sino el brazo secular de que dispone la clase detentadora del poder económico —y por lo tanto del poder político, jurídico y administrativo—, para conservar y ceder lo menos y lo más tarde posible sus propios privilegios.
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La otra teoría sociológica con que Carlos Marx ha enrarecido realmente las tinieblas que hasta ahora obscurecían el cielo de las aspiraciones socialista —que, sin embargo, por el solo hecho de su existencia secular tienen la confirmación de responder instintivamente a la verdad de las cosas— y ha dado al socialismo científico la brújula política para orientarse con plena seguridad en el debate de la vida diaria: es la ley histórica de la lucha de clase.
Una vez establecido que las condiciones económicas de los grupos sociales como de los individuos son el fundamento determinante de cualquier otra de sus manifestaciones morales, jurídicas, políticas; es evidente que cualquier grupo social como cualquier individuo será empujado a obrar según su utilidad económica, porque tal es la base física de la vida y las condiciones de cualquier otra existencia; y por lo tanto es evidente que, en el orden político, toda clase social {163} será empujada a hacer leyes, a establecer instituciones, a consagrar costumbres y creencias que respondan a su utilidad directa o indirecta.
Leyes, instituciones, creencias que después, por transmisión hereditaria y por tradición, velan y esconden su origen económico, y son por lo tanto, muy a menudo, sostenidas y defendidas por juristas y filósofos, o también por profanos, como verdad existente por sí misma, sin apercibir su fuente real; pero no deja de ser esa la única explicación positiva de esas leyes, instituciones y creencias. Y ahí justamente reside la potencia genial de la mirada de Carlos Marx.