¡Qué atolladero! Y lo más curioso es el sitio en que ha sido presentado a la pública atención, malbaratando el utópico andamiaje del ministro.

Se ve, pues, si hay o no tela en que cortar, si nos detuviéramos a examinar los males de que padecemos, incurables en el sistema económico actual.

Pero terminemos aquí estas líneas, que no pretenden sino dar una ligera idea del camino que el socialismo tiene que hacer entre nosotros.

Nuestros millonarios habrán sufrido a causa de la crisis natural e inevitable, una merma en su capital absoluto con la baja de la tierra, la depreciación de la moneda etc., etc., pero nadie que pare mientes en ello podrá negar que su capital relativo ha aumentado por la ley que Ferri expone de que los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres cada vez. Y algunos aún no habrán experimentado ni esa disminución absoluta, como los que colocaron su dinero en propiedades muebles que fueran susceptibles de convertirse siempre en oro.

Mientras tanto, las clases medias que vivieron fácilmente en aquel período de fiebre —que no ha de olvidar ninguno de los que lo han presenciado, y que a pesar de todo nos ha dejado adquisiciones que nadie {XIX} nos puede quitar—, ven cada vez más dificultada su existencia, y si no aciertan todavía con el remedio, los observadores tienen que ver en esas amargas penalidades de hoy, el punto de partida de una evolución inevitable, que tanto puede venir, como repercusión, del movimiento europeo, cuanto —a la larga— de los mismos gérmenes existentes en nuestro país.

Roberto J. Payró.

{XXI}

PREFACIO.

Mientras escribo la segunda edición de un ensayo ya antiguo sobre Socialismo y criminalidad (Turín, 1883) en el que, siguiendo la evolución progresiva de mi pensamiento científico, he de completar las ideas sociológicas de entonces con las ideas socialistas de hoy; quiero publicar este trabajo, el que ha sido, en parte, la conferencia dada en Milán el 1º de Mayo del año que corre.

Darwinista y spenceriano convencido, me propongo probar como el socialismo marxista —el único que tenga método y valor científicamente positivo, y por lo mismo el único que ahora inspira y dirige con unidad a los socialistas demócratas de todo el mundo civil— no es sino el complemento práctico y fecundo en la vida social de esa moderna revolución científica, preparada en los siglos pasados por la renovación italiana del método experimental en todos los ramos del saber humano, y ejecutada y disciplinada en nuestros días por las obras de Darwin y de Spencer.